28 pastillas

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Por: Jesús Millán

Al igual que muchos venezolanos, también me veo sometido al vía crucis de buscar medicinas para mis familiares cercanos. Ya bastantes experiencias he tenido en el mostrador de las farmacias donde la frase “no hay” se estrella en mis oídos con frecuencia, haciendo cada vez más angustiosa la búsqueda y mayor la ansiedad al someterse a la ruleta azarosa y cotidiana de preguntarse cada día si la vas a encontrar.

En el caso que me ocupa, el medicamento en cuestión es un antipsicótico, cuya principal característica es la de ser un medicamento de última generación que lo hace, además de costoso, bastante difícil de encontrar.

¿Preguntar por el genérico? De nada vale, sufre el mismo destino del medicamento de marca. Inclusive, en medio de la incesante búsqueda, una funcionaria de una institución pública de la salud me dijo, en dos platos y en su rotunda sinceridad, que vista la situación, lo mejor era buscar en el exterior. Y ya sabemos lo que eso significa en estos tiempos, cuando vivir dignamente es una proeza y completar el jornal del día es un verdadero triunfo.

Pero a pesar de todo, de vez en cuando me cae del cielo la suerte de poder encontrar el medicamento, y es menester que cada vez con más frecuencia deje todo lo que estoy haciendo y me eche al hombro la receta con las indicaciones, el informe médico prescribiéndolo, la fotocopia del documento de identidad del paciente y hasta a mi mamá siempre presta a la ayuda, para ir al encuentro del preciado tesoro que puede significar para mi familiar la absoluta y desoladora desconexión de la realidad, o un frágil cable a tierra que lo amarre momentáneamente a una huidiza cordura que se escapa cuando se acaban las veintiocho pastillas a final de mes.

En esas me encontraba, cuando recibo la noticia de que en una institución adscrita al Ministerio de Salud, hay existencias del medicamento. Claro, dicho esto por una empleada de otra institución pública de salud, algo debía tener de certeza. Como ya les referí, por costumbre y previsión además de tozudez, me armé del expediente médico y con la carpeta en una mano y mi mamá de la otra, me dirijo raudo al establecimiento esperando tentar una vez más la suerte.

Siempre he considerado las oficinas públicas como recintos fríos e impersonales, diseñados específicamente para hacer sentir de lo más incómodos a sus usuarios potenciales.

Y este no era la excepción, más cuando una deprimente cartelera descolorida y sorda anuncia sin ánimos “programa de salud mental”, como para hacer más patente el hecho de que allí se guardan apenas los últimos restos que quedan de la condición humana condenada a deambular por los laberintos de una mente atormentada.

Cierto, es una institución oficial, pero como en un mundo aparte, irónicamente priva por sobre todas las cosas la razón. En esa oficina no preguntan si eres oficialista o de oposición; no inquieren tus simpatías por el gobierno, ni tu afinidad política; allí saben que la enfermedad mental no respeta jerarquías ni edades, ni tampoco ideologías, y que duele más que cualquier sufrimiento. Solo encontré allí a dos trabajadoras sociales rebasadas de trabajo, que atendían una infinita fila de solicitudes, muchas de ellas acompañadas de una callada resignación cuando no de una afiebrada agitación.

El “no hay” retumba nuevamente en mis oídos, aunque me ofrecen la alternativa de llenar un formulario con los datos del paciente y avisarme por mensajería si el medicamento llega. Una verdadera novedad si se toma en cuenta que en la mayoría de las visitas a los mostradores después del “no hay” solo hay un silencio impersonal, o en el colmo de las cortesías te dicen por encima del hombro “que pase el siguiente”.

Lleno mecánicamente el formulario y agradezco sinceramente las humildes atenciones de la trabajadora social, cuando en el escritorio de al lado veo que se empieza a tensar el ambiente y sube paulatinamente el tono de las voces. Pero no son groserías ni palabrotas; son ruegos, son súplicas y sollozos de una señora de edad, que quebrada en medio del naufragio de su razón, pide desesperada por las veintiocho pastillas de diez miligramos que son el único medio con el que cuenta para sentirse humana durante el mes siguiente.

Y he aquí que presencio en primera fila y a sala llena ese juego macabro y feroz donde miden fuerzas la dignidad y la necesidad, y en la que siempre sale perdiendo el alma. Exhausta en su enfermedad y hastiada de jugar al escondite con la cordura, la señora cae suavemente al suelo y se arrodilla sollozando abrazada a las piernas de la trabajadora  que de pie y paralizada, no atina a reaccionar en su azoro por zanjar la discusión para apaciguar el rosario de ruegos y súplicas por el medicamento.

Fueron solo instantes, unos segundos apenas, pero suficientes para presenciar las dos caras de una misma moneda: por un lado la derrota, no de una persona, sino de la condición humana cuando es sometida a la prisión de la desesperanza. Y por el otro, la entereza del espíritu que en medio de la tormenta  del desvarío, aún tiene los arrestos suficientes para aferrarse a la luz de un consuelo prodigado por el anhelo de que mañana sí será. Hasta en una oficina pública hay oportunidad de sentir la esperanza pasándonos por el lado oculta en su celaje.

Nadie más le habló, nadie la despidió. Solo un familiar solícito acudió a levantarla y se aleja llevándola en andas. Mi mamá y yo silenciosos, recogemos la carpeta, damos las gracias y salimos por los pasillos grises. La cartelera del “programa de salud mental” nos despide desanimada. Solo nos acompaña de vuelta a casa un nudo en la garganta.

Maldita seas revolución.

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