Breve defensa de las Humanidades, y de los humanistas como gente inconformista

0
785

Por: Frank José Arellano

Son días difíciles también para quienes dedican -o pretenden dedicar- su vida a la lectura de textos, a su escritura y a compartir lo aprendido en las aulas universitarias con sus estudiantes. Hoy, por doquier proliferan opiniones contrarias a un estilo de vida que, en apariencia, no le aporta beneficios prácticos a la sociedad, ni al Estado, ni al mercado.

Igual valen estas críticas para países capitalistas, como Japón, en donde se cierran escuelas de letras por las metas economicistas del gobierno de Shinzo Abe, y tanto más para países socialistas, como Venezuela, en el que varios candidatos a la infausta Asamblea Nacional Constituyente expresaron su deseo de evaluar la pertinencia de las investigaciones realizadas en las universidades del país. En ambos casos, son preponderantes los propósitos a corto plazo, guiando las escuetas comprensiones acerca del quehacer de los estudios humanísticos.

La época en que vivimos y sus consensos dictan las políticas públicas que privilegian los criterios de ganancia material -o simplemente, monetaria- de cualquier actividad por sobre casi cualquier otra cosa. ¿Qué “beneficio” tiene eso? O ¿Cuál es su utilidad?, suelen ser las preguntas dirigidas a quienes deben validar la cacareada pertinencia de cualquier programa de estudios, tanto en otros lugares como aquí.

En el caso venezolano, en el último par de años, las carreras universitarias han estado bajo el ojo avizor de comisiones encargadas de redactar proyectos de cambio curricular. Así, las instituciones de educación superior han estado apegándose a las directrices de comisiones centrales que se han decantado por seguir los diseños de la denominada “Educación por Competencias”; siendo la educación por competencias un modelo pedagógico sobre todo orientado a la confección de currículos de carreras técnicas y, cosa que he observado hasta el momento, imposibilitada de acoplarse naturalmente a la pluralidad de métodos y de fines que tienen las humanidades.

Las discusiones propias de las comisiones curriculares de las carreras humanísticas, tal como he presenciado y he oído de algunos compañeros de trabajo, frecuentemente se saturan de argumentos que buscan mostrar la pertinencia de incluir elementos de estudio, materias, talleres, etc., que resulten útiles en la formación de profesionales. Esto, claro está, es de suma importancia.

No obstante, las humanidades no pueden reducirse exclusivamente a las demandas presentes del mercado laboral que, dicho sea de paso, se transforman continuamente tanto como cambian las nuevas tecnologías que coadyuvan en la resolución de problemas prácticos.

Tampoco podrían sanamente las humanidades agregarse a un proyecto ideológico único de transformación política, pues así, en lugar de intentar cumplir con la labor de generar el egreso de sujetos críticos, prestos al diálogo, y a la creación de nuevo conocimiento, se podría incurrir en la tarea negativa de producir en serie sujetos repetidores de consignas, con mentalidad dogmática, con poca capacidad para debatir, y sí mucha capacidad para imponer.

En las conversaciones sobre las reformas curriculares, pareciera que nos acechan enemigos ocultos. Ante cualquier mirada que muestre un indicio de inseguridad, justificamos o, al menos, pretendemos justificar, lo que hacemos, el porqué lo hacemos, el porqué creemos que tiene fundamentos. Valga la pena o no, sentimos la necesidad de explayarnos. Sabemos que desde fuera se nos cuestiona con dureza. Estamos condicionados. En ocasiones, pienso que deberíamos ser más directos con los argumentos que explican nuestra razón de ser. No creo que sólo debamos estar a la defensiva en este debate. Para ello, primero, tendríamos que sincerarnos y dar cuenta de qué podemos hacer en realidad como miembros de la sociedad y; segundo, tenemos que asumir la labor de criticar las concepciones acerca de las divisiones entre aquello que es considerado productivo y aquello que no.

Por poner un ejemplo cercano, relacionado con los estudios históricos, área en la que me desempeño, observemos un problema que aqueja a la sociedad venezolana actual: el problema del hambre y la escasez de alimentos. En primera instancia, hay que tener  claridad para señalar que con las humanidades no podemos solventar el índice de escasez que afecta al país, no directamente. Si un joven tiene hambre, poco puede hacer un libro de Historia para saciarlo. Esto tampoco puede ser resuelto en un aula de clases.

Sin embargo, la Historia sí puede darnos herramientas teóricas para mirar y comprender el conjunto de factores que provocan el arribo de una situación generalizada de carestía material en la sociedad. De este modo, podríamos ver:

1- La aplicación de políticas públicas erróneas empleadas por un gobierno en un determinado período de tiempo.

2- La relación histórica de la distribución de la riqueza del país.

3- Cuál ha sido la base productiva del país, y sus cifras en torno a la exportación e importación de bienes y servicios, entre muchos otros factores que se podrían enumerar.

De esta forma, alcanzaremos una comprensión de los hechos que causaron que un sector de la población, incluido ese joven, padeciese de hambre crónicamente. La Historia es idónea para llevarnos en un viaje temporal que nos enseña cuándo unas decisiones, o sistemas de gobierno, resultan en éxitos económicos, y cuándo generan círculos viciosos que acaban en períodos aciagos y de malestar.

Entonces, la examinación de la memoria histórica puede nutrir el intelecto del joven afectado, puede conducirlo a tener una opinión madura del asunto. Poco más podría hacer la historia en la inmediatez.

A fin de cuentas, para ocuparse de la producción de bienes alimentarios, ya el Estado ha creado otras instancias, oficinas y ministerios que sí deben lidiar directamente con el asunto ejemplificado.

¿Perdemos, por lo anteriormente esbozado, vigencia, pertinencia, utilidad? Si nuestro criterio tiene una mira corta, sí. De nuevo, nos toca defendernos, dar más razones, etc. Está en nuestro espíritu inquisitivo cuestionarlo todo, hasta nuestras propias ideas, hasta a nosotros mismos. Esto nos hace individuos inconformes a los humanistas, afortunadamente. Todo esto se diferencia de las actividades de gentes que a veces se ganan la vida sin rendir cuentas, sin producir bienestar social observable, sin cuestionarse, sólo estando satisfechos.

Algunos nos interrogan por la pertinencia de las humanidades. Va siendo hora de que nosotros también le interroguemos a los dirigentes de la sociedad venezolana, exempli gratia, por los programas matutinos de chismes y de farándula en canales de servicio público, como el TVES de Winston Vallenilla, que consume ingentes recursos de la república malgastados en la banalidad.

En ese canal de televisión se engendró una copia espantosa, baladí, de los ya triviales programas televisivos de emisoras como Venevisión y Televen. Lo peor, la proliferación de canales del Estado, con programas insustanciales, se mantiene con dineros públicos.

Las arcas públicas sufragan tanto el entretenimiento superficial de TVES como el contenido dogmático de canales como TV FANB. Y he allí a sus conductores satisfechos, sonrientes, conformes.

Esos recursos son tirados al caño, ¿dónde encontramos el cuestionamiento por su pertinencia? La decadencia de tales canales televisivos es todavía más indignante cuando tomamos en cuenta que esto ocurre mientras en Mérida la señal en espectro radioeléctrico del canal universitario ULA TV fue cortada. Se cerró un canal que trasmitía documentales, programas de opinión y cine internacional de calidad. Un canal, a todas luces, pertinente.

Volvamos a lo nuestro, convengamos en que leer un poema antiguo, analizar una pintura de hace tres siglos, llevar a cabo una pesquisa sobre el origen del significado de una palabra, o leer un ensayo de Octavio Paz no propicia que hallemos remedios para los malestares económicos que requieren solución con premura.

Nuestra pertinencia está en otro lugar. Un lugar que, a diferencia de los programas televisivos fútiles, nos conecta a la herencia cultural de la humanidad, uno que construye un camino que nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos en las obras de otros que habitaron el planeta en otros tiempos, o que aún andan por allí, en rincones distantes. El poder tener acceso a esto en una facultad de humanidades nos abre a una riqueza distinta, que tiene la capacidad de generar bienestar, a través de la exploración continua.

Lo que contemporáneamente llamamos Humanidades no siempre ha servido a la democracia, pero en democracia sí es posible que cualquier individuo con interés pueda acceder al conocimiento humanístico. Este solía ser un privilegio de las élites antaño, y no debemos favorecer una postura bien sea política, o bien sea economicista, que nos devuelva a tal situación. Insistamos un momento más con la Historia, pues ésta presenta un caso curioso. Casi cualquier gobierno admite que estudiar la historia de un país es valioso para su población. Sin embargo, si indagamos un poco más sobre esto, nos enteraremos de que las causas por las cuales se afirma la relevancia de la historia divergen grandemente.

Para la razón política del Estado-Nación, se concibe la Historia como el basamento de la cohesión social, ya que narra nuestra vida pasada como pueblo. Esto le confiere lugar a criterios acerca de la procedencia y permanencia de un proyecto nacional. Siendo así, los proyectos nacionales buscan consolidarse, no dejar crecer ninguna grieta dentro de sus estructuras, estableciéndose sobre el cimiento de axiomas conservadores. Por esta razón, lo usual es el mantenimiento de relatos epopéyicos en los libros escolares, haciendo que la concepción de la Historia preserve un carácter meramente pueril en estos.

Por otra parte, el criterio de la transformación revolucionaria tiende a la radicalización, niega los logros del pasado reciente, niega los valores gestados en los períodos que considera contrarrevolucionarios, apátridas o entreguistas. De esta manera, todo debe comenzar de nuevo, aun juzgando necesario destruir lo ya creado. Es la antítesis del proyecto conservador. Reinterpreta todo con la mirada sesgada de quien no es capaz de reconocer su propia tradición.

Nuestra postura, entonces, es que bien merece la pena leer la Historia, estudiarla para comparar, para cultivar una comprensión algo más sosegada del tiempo y el espacio que habitamos. Conocemos las barreras erigidas para que esto pueda generalizarse. Con tantas distracciones disponibles en las redes sociales y las opciones de entretenimiento fácil, sentarse a leer un libro puede implicar un reto para muchos.

Por ello, espacios como las facultades de humanidades son tan relevantes. Estos son espacios para la preparación de la opinión informada, para la presentación de posturas no conformes con primeros hallazgos, para presentar tesis elaboradas con calma, con balance.

Las facultades de humanidades deben sobreponerse ante los retos que le plantean tanto el mercado como el Estado por igual. El mercado halló la manera de vender nuestras predilecciones en forma de publicidad. Le resulta mejor que estemos pegados a una pantalla repartiendo likes, antes que empleando el tiempo en cosas que no propicien ganancias monetarias inmediatas. Para el Estado, actualmente, parece mejor que nos ciñamos a cualquier relato anodino de la Historia que este nos inculque, antes de que emerjan sujetos críticos que cuestionen con fundamento el ejercicio del poder, y las versiones oficiales de algo tan delicado como es definir quiénes somos nosotros mismos.

La universidad, que es un instrumento de profesionalización para el campo laboral y para servir al Estado, no debe reducirse sólo a estas tareas. Parafraseando lo que en un ensayo escribió el filósofo venezolano J.M. Briceño Guerrero, la universidad es en esencia un agente subversivo, con fines tan legítimos como los que tienen los pretendidos héroes políticos de cualquier Estado.

La insurgencia de la universidad se dirige contra el devenir que nos hizo o nos quiere ignorantes, ceporros, crédulos, enflaquecidos intelectualmente. Al ir de la mano con la crítica cultural, la universidad sí sirve a la sociedad, con trabajo lento, incentivando la reflexión en miles de estudiantes que, individualmente, cultivan lo que llevan por dentro.

La meta, a largo plazo, debería trazarse en la configuración de una opinión pública madura, presta al reconocimiento de todos los actores sociales. Los humanistas no se conforman con lo dado, los humanistas cuestionan, los humanistas son gente inconformista. He aquí una forma de pertinencia legítima, sana, necesaria. Investiguemos, conozcamos, continuemos formulando preguntas, manteniendo nuestra curiosidad viva, estando vivos, no fosilizándonos bajo los esquemas de ningún tipo de pensamiento único.

Comentarios

No hay comentarios

Dejar respuesta