Café empresarial

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Por: El Mal Moncho

No hay espacio más emblemático en una oficina que el de la cafetera. Aunque parezca un aparato inofensivo, la cafetera es el símbolo de la interacción humana dentro del campo de las relaciones industriales. Cuántas veces no nos hemos reunido alrededor del dichoso electrodoméstico, no solo con el fin de anotar la alza de los niveles de cafeína en nuestros índices metabólicos, sino también con la intención de buscar ese espacio de relax que nos aparta de la rutina de las tareas cotidianas, y por qué no, que nos permite escuchar sin tapujos el chismecito del día.

Sea en un comedor adecuado para tal fin específico, o en un rincón de un olvidado gabinete, la cafetera se convertirá en el punto de encuentro de todos los niveles de la organización, que puntualmente acudirán a la tácita cita de todos los días, y que en un esfuerzo mancomunado que ya desearían para sí las tasas de productividad de cualquier empresa, todas las iniciativas individuales se unirán a una sola voz por igual, sea para destrozar la reputación laboral de cualquier integrante de la organización, o por el contrario, ensalzar las virtudes y habilidades técnicas de un empleado en específico, y salvando las distancias, equiparándose al servicio prestado por un confesionario, o en el peor de los casos, demoliendo sistemáticamente la autoestima laboral de cualquier cristiano que se atraviese.

Como si desgranaran la metodología de una cátedra universitaria de Geografía Humana, algunos entendidos han tratado de comparar la función social de la cafetera con el de los baños de mujeres en las empresas, pero desde nuestro punto de vista, no existe posibilidad alguna de establecer parámetros comunes entre ambas instituciones: mientras que los baños son un espacio semiprivado vedado a las miradas masculinas, y dedicados concienzudamente a servir como válvula de escape a los más innominados instintos femeninos, no sólo a las básicas necesidades de excretar fluidos, en el caso de la cafetera, los juicios y sentencias emitidas a su amparo, son de dominio público y de cumplimiento irrestricto por parte de todas las partes involucradas.

De tal manera que a la hora del café, encontraremos siempre al grupo festivo que se enfrasca en largas e interminables charlas sobre todos los temas inherentes al conocimiento humano, pero totalmente ajenos a la dinámica laboral, degustando una y otra vez del preciado líquido sin ningún empacho, mientras el resto de los empleados deja la vida en las oficinas para poder cerrar los índices financieros el mes o hacer todo lo humanamente posible para que el pedido retrasado con destino a las selvas del Tumbuctú, pueda siquiera salir de la puerta del almacén.

Las cafeteras no aparecen en las organizaciones porque sí. Hemos descubierto que los altos niveles empresariales se la piensan muy bien antes de autorizar la presencia de una cafetera en la organización.

Como ya dijimos anteriormente, la cafetera es un catalizador en las relaciones humanas, pudiendo acelerar o ralentizar procesos con su sola presencia. No existe aún solución real para el problema corporativo recurrente de las muchedumbres que se amontonan alrededor de las cafeteras, generando atascos en los flujos de movimiento organizacional, aumentando los costos en nómina… y perdiendo miserablemente el tiempo mientras el trabajo se acumula en el escritorio.

Todos los departamentos de relaciones humanas miran con cuidado ese asunto de aprobar una cafetera. Hemos visto casos en que se han generado movilizaciones masivas, comunicados públicos y hasta manifestaciones violentas, por la falta de respuesta en los procesos de obtención de la cafetera, achacándose a diferentes variables, que pasan desde un simple trastorno transitorio por causa de una baja masiva de cafeína, hasta casos de histeria colectiva.

Pero no siempre es así. Si observamos con atención, los retrasos en la aprobación de la solicitud de una cafetera no se deben exclusivamente a las veleidades de los procesos organizacionales. Los gerentes de recursos humanos saben a qué se enfrentan y dedican todos sus esfuerzos a hacer desistir a sus empleados de tal posibilidad. Pero al final no queda sino rendirse ante la aplastante evidencia, y entre el aplauso y la aprobación general, sin más, un día llega a la oficina el tan esperado artilugio, con su promesa de olores y sabores asociados a su sola presencia.

Por lo general, la persona encargada del mantenimiento y la limpieza de las oficinas es la designada para regular y cuidar el uso de la cafetera, mientras que Administración toma las previsiones de cargar a la partida de “Gastos de Personal”, los consumos directos y dispendios derivados del codiciado servicio: café, vasitos, removedores, servilletas, azúcar, y todos aquellos misceláneos que garanticen una eficiente repartición del preciado y noble preparado.

No existe en la empresa objeto más codiciado que la llavecita que la señora Edelmira lleva en el grueso portallavero donde guarda celosamente los accesos a los productos de limpieza, a la fotocopiadora y a los baños de la nómina ejecutiva. La llave de la repisa del café se convierte en el fetiche del deseo de todos los empleados, que esperan ansiosos que cada día sean alternativamente las 10 am y las 4 pm en punto, para proceder al antiquísimo ritual de abrir esa especie de “hora feliz” que parte en dos el horario laboral.

Mientras esto sucede, ya a golpe de 9:45 am o 3:50 pm, ocurre un fenómeno que se repite cíclicamente día tras día: la gente empieza a dar vueltas por cerca de la cafetera y pregunta como quien no quiere la cosa: “Edelmira, ¿ya hay café?”. Por supuesto, son despachados a cajas destempladas y mandados terminantemente a ocupar su puesto en el escritorio, so pena de ser excluidos de entre la lista de los beneficiados bebedores de café.

Ya a la hora convenida la oficina toda, como impulsada por controles misteriosos e insondables para la lógica humana, deja caer automáticamente sobre el escritorio las tareas que no se correspondan con el fin último pautado al unísono por el inconsciente colectivo, el más primitivo instinto humano y la satisfacción básica de los centros receptores del placer orgánico: beber café.

Por supuesto, la señora Edelmira no se da abasto para atender las peticiones de la nómina, que se van incrementando paulatinamente a medida que bajan los niveles de la cafetera y se acerca la hora de retomar labores: el mío con leche/ guayoyo/ marrón/ fuerte/ con azúcar/ sin azúcar/ grande/ pequeño/ tibio/ caliente, o cualquier otra variedad que pueda solicitarse en el momento. 

No la tiene nada fácil la señora, pues en cuestión de segundos debe determinar con su experiencia de viejo sabueso detectivesco si el empleado no le miente cuando afirma que no ha tomado café, además de desbaratar implacablemente la perpetración de los delicuenciales intentos para ponerle más azúcar, o de usar vaso doble porque está muy caliente.

Y en uso de las habilidades técnicas de negociación y acuerdo adquiridas en años de trabajo con el componente humano, y que envidiaría cualquier departamento de recursos humanos, Edelmira entra en un juego maquiavélico y estresante, solo apto para mentes entrenadas y espíritus fuertes, donde por igual negocia, establece pactos, acuerda y hasta amenaza sutilmente a la nómina para que rinda el azúcar, para que nadie se sirva dos veces, que no se gasten todos los vasitos, y garantizar que el café negro de la gerencia llegue puntualmente a la puerta de la oficina a la hora convenida.

El día que Edelmira faltó a su puesto de trabajo, el testigo del reparto del café le fue encomendado a Manuel, el joven pasante de Presupuesto. La cosa ya pintaba mal desde temprano, pues nada más llegar, la llave de la repisa del café desapareció misteriosamente y no hubo ni Dios ni su ayuda que pudieran encontrarla, ocasionándose una revuelta laboral de proporciones épicas, que incluyo una protesta interna, grito de consignas y la declaración de Manuel como persona no grata en la organización, nivel taedium vitae. Menos mal que lo de Edelmira fue solo un resfrío.

Hay días en que la oficina está de plácemes, pues Administración en uso de las más sofisticadas técnicas de ingeniería y software financiero, realiza lo impensable: recortando un poco de los gastos de limpieza, gastando menos en el tóner de la fotocopiadora y poniendo menos papel sanitario en los baños, ha logrado incorporar con feliz frecuencia tres paquetes de galletas saladas a la bandeja del café, lo que genera el desbordamiento de las endorfinas y un estado de bienestar empresarial general, con aclamación incluida de los niveles de eficiencia de la organización.

Pero eso sí, las galletas de a una para que alcancen para todos.

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