Cuando se nos acabe el alimento

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La Patria nos ha quedado grande, pero no la patria soez que repetía un déspota en un discurso populista de escasas luces, no, hablo de la patria que se fundó bajo la sombra de nuestros primeros hombres, sus fundadores, los próceres. Fue la sangre de hijos y padres la que se derramó para darnos la posibilidad de nuestro destino, pero ante la adversidad solo hemos podido concebir guerras internas que han diluido toda posibilidad de honrar el sacrificio de nuestros antepasados.

Su significado, despreciado por quienes hoy la habitan producto de la propaganda vil que pretende engañar y sacar lo peor de cada uno de nosotros, es lo que en el norte llamarían «Fatherland» y que en nuestra lengua, Patria sería «La tierra de nuestros padres». Pero esto no se puede entender en un contexto donde quienes se desarrollan tienen como fin la vida cómoda y no una vida de obras. Ante la crisis de nuestra nación es inevitable preguntar «¿Hasta cuándo?».

Hasta cuándo pensaremos que nuestros problemas como nación los debe llevar uno sobre su espalda, el «mesianismo» no es tan solo la adoración de una figura, sino que esta es quien debe soportar todos los males y ser capaz de resolverlos, cuya gratitud será pagada con la mano ingrata que se niega a ser estrechada cuando ya no le es útil. Así lo vivió el Libertador, así lo vivió Páez, y también hombres como Humberto Fernández Morán, que entregaron su fortuna a aquel lugar de su corazón. En palabras de Aristóteles, el sabio griego, decía que «Lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama», y entre nuestros connacionales ¿quiénes aman a Venezuela? Dolorosa pregunta para una población que se acostrumbró a recibir por derecho sin cumplir con el deber.

Hasta cuándo creeremos que el acto ciudadano está en participar en un proceso donde tu opinión vale según la cantidad de personas que opinan de la misma forma y no por tus argumentos. La ciudadanía es deber antes que todo, y el deber trasciende a opinar, es también trabajar por la nación, preservarla y quien la trabaja y la preserva no permitirá que alguien la dañe; es ahí donde se manifiesta el mayor deber ciudadano, que es defender su nación de cualquier enemigo.

Hasta cuando pensaremos que el universo obra en favor de quienes tienen buenas intenciones. El universo no obra en favor de quien deja en manos de otro sus obligaciones, no obra en favor de quienes exaltan el ocio moderno y dejan que el mundo pase mientras alguien más está tratando de mejorar día tras día, como individuo, y a su entorno. El universo obrará en favor de quienes tienen la convición y la determinación de actuar. Nuestros enemigos, los de la nación, no descansan.

Hasta cuando obviaremos que la vida no es una realidad exacta que puede calcularse y medirse como lo hacen las ciencias duras para explicar los fenómenos que influyen en nuestro espacio físico. La vida es variante, dinámica, y no existen ecuaciones que puedan preveer y controlar a la perfección todas nuestras acciones. Solo la experiencia, la preparación, el conocimiento, e incluso la suerte o providencia, obrando de forma conjunta, podrán mostrarnos con mayor claridad las acciones que se deben tomar en determinadas situaciones. Para esto es necesario que quienes guíen estén a la altura de las circunstancias.

Hasta cuando entenderemos que el sacrificio es el camino inevitable de aquel que quiere cruzar la barrera opresora que nos detiene. Hasta cuando entenderemos que la estrategia vale más que la fuerza, pero que no se debe desestimar ninguna de las dos porque ambas obran y son capaces de obtener resultados. No puede vencer el lobo al león hambriento con chillidos y largas carreras, pero ante la manada, organizada y dispuesta, hasta el cerbero podría caer. Pensar que el depredador va a abandonar a su presa por medio del diálogo o la lástima es tan errado como esperar que las otras bestias vendrán en su defensa cuando añoran el mismo plato.

Hasta cuando entenderemos que una nación es un solo cuerpo y que si sus partes entran en conflicto, este cuerpo no puede andar eficazmente. Una nación con recursos necesita de aquellos que la defiendan de los carroñeros que la desean; necesita de su intelecto y astucia para lograr aprovechar sus recursos al máximo. Necesita de valores que disminuyan la posibilidad de corromperse al punto de distorsionar la forma en que percibimos el mundo, haciendo que la malicia sea una virtud frente a la honestidad.

¿Hasta cuándo seremos rebaño? Hasta que se nos acabe el alimento.

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