El Ferry

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Por: Jesús Millán

Si algo había de tradicional y característico del Oriente venezolano, específicamente en la zona norte del estado Anzoátegui, era el viaje en el ferry. Si bien otras zonas del país tienen el suyo propio, y hasta canciones les han dedicado, en el caso de Puerto La Cruz el ferry es parte intrínseca de la vida social, comercial y cultural oriental. Siendo de Puerto La Cruz y que digas que nunca te has montado en ferry, o en el peor de los casos que te mareas montado en uno, es un caso digno de aparecer en un programa al estilo de “Nuestro Insólito Universo”.

Hay que admitir que ya pasaron los tiempos en que los antiguos viajeros apenas en la víspera del día fijado habían decidido marchar a la Isla de Margarita y parsimoniosamente guardaban unas pocas prendas en una maletica, en un bolso de mano, y hasta en una bolsa plástica, para dirigirse ligeros al terminal de ferrys, y apenas quince minutos antes de la salida, comprar el boleto e irse caminando tranquilamente hacia la inmensa boca de metal que aguardaba al final del muelle, para partir a la hora fijada. Luego no digan que los orientales no somos prácticos a la hora de viajar.

Por supuesto, no ocurría así en la mayoría de los casos y el viaje en ferry, aunque cotidiano para la mayoría, tenía por lo general un mínimo de planificación y no era tan a la carrera como se describe en el párrafo anterior.

Todo empezaba más o menos la noche anterior, cuando toda la chiquillada de la casa era obligada a acostarse temprano ante la inminencia del viaje, que prometía una aventura de unas cinco o seis horas en mar abierto en una embarcación que, aunque nos resultaba familiar de tanto verla todos los días fondeada apenas a unos cientos de metros del centro de la ciudad, todavía se nos hacía tan cautivante como una búsqueda del tesoro.

Ya a las cuatro y media de la mañana, empezábamos a trastear en la casa, para terminar de ultimar los preparativos e irnos rumbo al terminal. Primera señal: ya las cinco y media de la mañana estaba ante nosotros una inmensa cola de carros que esperaban pacientemente a que dieran la hora de embarcar. Mientras tanto, quedaba esperar medio adormilado en el asiento, mientras mamá servía un rápido desayuno y papá confirmaba los pasajes.

Ese inquietante lapso de la ausencia paterna creaba un cierto problema logístico a los ojos de nuestra catastrófica imaginación infantil: ¿y si papá no está y se va el ferry? Era en ese oscuro momento que el terror se apoderaba de nuestra mentes candorosas y la inminencia de nuestro abandono en tierra colmaba todos los espacios del asiento trasero del Ford Custom año 1970 color verde que nos cobijaba. Está demás decir que lo de la confirmación de pasajes se hacía en un abrir y cerrar de ojos, y ya nuestro señor padre estaba nuevamente instalado al volante.

Por supuesto, los problemas de logística y distribución del núcleo familiar no terminaban allí. Resultaba evidente que en medio de la aventura que se prometía, la idea también era viajar con la mayor comodidad posible. Y era muy común que nuestros padres acordaran previamente que para mayor rapidez, mamá junto con nosotros se adelantara a abordar el ferry a pie, mientras papá acomodaba el carro a la hora del embarque.

Ciertamente, asunto solucionado. El problema principal radicaba en que la misma resolución había sido tomada también por las otras tantas familias que nos acompañaban en la cola y se formaba un río de gente interminable que marchaba en fila india hasta el interior de la nave.

Debo decir en esta parte, que a la hora del embarque se generaba un fenómeno interesante, digo yo, por lo sincronizado: apenas alguien, a quien nunca logré identificar, daba la orden de embarque, uno a uno los carros empezaban a encenderse como si se tratara de una hilera de fichas de dominó cayendo consecutivamente en estricto orden. Durante años observé el mismo fenómeno, que se repetía sin mayores cambios, excepción hecha de uno que otro motor que fallaba a última hora o de algún avispado que se coleaba con todo y carro en medio del tumulto que se formaba.

Parte de la diversión al inicio consistía en salir corriendo por las escaleras para ubicar la cubierta que nos había tocado. Invariablemente, la pregunta se repetía año con año antes del viaje: “¿papá, qué pasajes compraste?”. Y también invariablemente la respuesta era la misma: “para segunda”. Pocas veces el señor nos respondió “para primera”, y cuando lo hizo, en realidad no vimos la diferencia con respecto a los asientos que ocupábamos en los años previos.

El caso era que mamá nos hacía adelantarnos en las escaleras y nosotros subíamos en rauda y divertida carrera en busca de los puestos que nos tocaban.

A veces la búsqueda era un tanto atropellada, pues el reducido espacio entre escalones debía ser compartido también con los inoportunos y obstaculizantes “maleteros”, una forma de elegante de llamar a los humildes caleteros que se ganaban la vida acarreando el equipaje ajeno hasta dentro del buque y que encaramaban sobre sus hombros pilas imposibles de bolsas, sacos, maletas y hasta enseres y ropa suelta, mientras se escurrían veloces entre la muchedumbre que se procuraba un espacio en las empinadísimas planchas de metal que los de abordo llamaban pretenciosamente escaleras.

Ya ocupados los puestos, esperábamos ansiosamente, de nuevo, que apareciera nuestro padre luego de subir el carro. Otra parte del misterio infantil era saber cómo mi papá averiguaba tan rápido la cubierta en que estábamos, cuando a nosotros nos costaba Dios y su ayuda colarnos entre el gentío, ubicar los asientos, ocuparlos con lo que tuviéramos a mano inclusive nosotros mismos y buscar a mamá, mientras el Sr. Millán llegaba fresco como una lechuga y se sentaba como si en tal vida en el asiento que le esperaba. ¿No lo iba a saber? Si era él quien compraba los boletos “de segunda”.

Quedaba entonces esperar mientras terminaban de subir los pasajeros restantes, y luego de un rato interminable, se hacía un brevísimo y súbito silencio cuando los motores subían las revoluciones y empezábamos a despegarnos del muelle.

Curiosamente, nunca vi imágenes como en las películas, de gente despidiéndose desde los barandales de cubierta o pegadas al muelle, pero creo que era por lo evidentemente incómodo de un muelle hecho para embarques o transporte, y jamás para despedidas.

La norma tácita abordo era que todos estuviéramos quietos en los asientos mientras arrancaba el ferry, y a lo más, algunos curiosos que se asomaban a los inmensos ventanales a ver la partida. El aparente orden de la salida se rompía a los pocos minutos, y ya al rato la gente empezaba a andar entre cubiertas y los más chicos pegando carreras de extremo a extremo. Esto resultaba demasiado provocativo para los cinco chicos de la familia, quienes en el éxtasis de la tentación, empezábamos a fastidiar alternativamente a mamá y a papá para arrancarles el permiso de salir a recorrer el barco.

La dinámica siempre era la misma: le pedíamos el permiso a mamá, y ella nos remitía directamente a papá; entonces papá nos decía que esperáramos un rato; pasado el rato, volvíamos a pedir el permiso a papá, quien nos decía que le preguntáramos a mamá; entonces mamá nos decía que esperáramos un rato; pasado el rato, volvíamos a preguntarle a mamá; entonces mamá nos decía que le preguntáramos a papá, y así íbamos sin rumbo hasta los confines del infinito universo parental.

No había nada que la persistencia infantil no lograra, y conseguido el permiso, corríamos como locos hasta las áreas exteriores y nos pegábamos de las barandas a ver el horizonte. En realidad no había mucho que ver además de algún islote solitario, un barco pesquero saludando a lo lejos o un banco de peces que se atravesaba en el recorrido.

Pero la vida te da sorpresas, y algunas veces tuvimos la oportunidad de ver ante nuestros ojos maravillados el espectáculo de unas toninas apostando a las carreras con la proa del barco.

Alternativamente como en una competencia de relevos, veíamos unas estilizadas figuras nadando a velocidad, pegaditas del casco de la nave pugnando por ganarle a la pesada máquina en una carrera sin meta final. Al rato los delfines como que se cansaban del juego, y así como aparecieron, se desvanecían entre las aguas sin decir adiós.

Una vez presenciamos lo imposible: vimos a lo lejos un grupo de ballenas. Gigantes y majestuosas, se paseaban a plena vista, como si no estuvieran conscientes de la impresión que causaban. Indiferentes, un número indeterminado de ellas se asomaba a la superficie  y soltaba chorros de agua al aire cada tanto, lo que a nuestros ojos era una especie de clamoroso saludo de bienvenida, demasiado fugaz para nuestro gusto  y que se perdía a medida que el ferry se iba alejando.

Por lo demás, el resto del viaje era seguir recorriendo la cubierta ya recorrida, sentarse en el puesto, volver a pararse del puesto, y a pesar de disponer de la meriendita que mamá llevaba para el viaje, siempre nos antojábamos de pedirle plata a papá para comprar alguna chuchería en la tienda de abordo, cosa la cual siempre se quedaba en el antojo, porque de seguro ustedes no lo saben, pero ya los precios en el ferry para esa época eran bastante altos para un obrero petrolero con seis bocas que alimentar.

La llegada al muelle de Punta de Piedras era un calco de la salida, pero a la inversa: se percibía el recorte en la potencia del motor, y venía un breve silencio, que se rompía inmediatamente con la gente asomándose a los ventanales y regresando a sus puestos para recoger el equipaje.

Vuelta otra vez a bajar apresuradamente por las escaleras, pelear espacios con los maleteros y preguntarle al sobrecargo, como ya habían hecho otros tantos antes que nosotros, hacia dónde quedaba la cubierta de los carros.

Y en verdad la salida metía miedo, pues el casco metálico del buque amplificaba el ruido de todos los motores sonando al unísono, junto con el humo de los escapes que se metía dentro del vehículo, acompañado todo con el ruido ensordecedor de las planchas metálicas que iban cayendo una a una para acoplarse con el muelle y liberar el paso de los vehículos.

Pero lo habíamos logrado. Estábamos en Margarita. @ElMalMoncho

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