El ocaso de Europa

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Por: Carlos Guerrero

Europa transita por decisivos momentos; el viejo continente se disputa internamente la subordinación de los Estados-Nación ante la Unión Europea como institución supranacional que marque la trayectoria política, social y económica de la región o el resurgimiento de las Naciones como entes soberanos que tomen decisiones con base a sus necesidades particulares.

La lucha en torno al tema es encarnizada y abarca todos los ámbitos posibles, desde la política con la confrontación de los partidos tradicionales socialistas, socialdemócratas, socialcristianos y liberales que a pesar de sus diferencias ideológicas inclusive llegan a pactar para frenar el ascenso de las opciones nacionalistas; hasta movimientos culturales, académicos y científicos que defienden posturas progresistas como el “enriquecimiento cultural” a partir de la aceptación de refugiados, la moderación temática bajo esquemas “políticamente correctos” o la aceptación de existencia de múltiples géneros en contra de posturas conservadoras de control fronterizo, discursos directos y defensa de los esquemas de genero binarios tradicionales.

Sin embargo, la diversidad de escenarios y el carácter irreconciliable de las posiciones que se enfrentan demuestra que la lucha va mucho más allá de un desacuerdo por un esquema político-administrativo; se trata de la confrontación de dos modelos de civilización.

Unión Europea proyecto posmoderno

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial el continente europeo buscó generar lazos de cooperación e integración que sirvieran para promover el desarrollo y la paz en la región.

Aunque los primeros esfuerzos tuviesen un carácter económico con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero y posteriormente la Comunidad Económica Europea que buscaban generar mercados comunes y unificaciones aduaneras, el objetivo superior era claro: evitar otra guerra mundial.

Para los impulsores del proyecto europeo la existencia de los sentimientos e identidades nacionales llevados a la política representaba un grave peligro que podía desencadenar otro conflicto bélico de envergadura, por ésta razón se debía buscar la manera de restar cada vez mayor soberanía a las naciones a través de una confederación supranacional que regulara las relaciones entre los países y que finalmente pudiese derivar en un estado unitario de carácter federal que concediera unas mínimas autonomías a los países pero quedaran  supeditados a una institución superior.

La materialización final del proyecto se dio con la creación de la Unión Europea fungiendo como el proyecto globalista más grande que hubiese existido en la historia de la humanidad.

Se iniciaba de ésta manera lo que podía representar el fin de los Estados-Nación y sus respectivas identidades; ambos símbolos y característica de la modernidad.

No obstante, el patriotismo y la soberanía nacional no fueron los únicos blancos del proyecto; las instituciones religiosas, la figura de familia tradicional, la cultura clásica y una larga lista que abarcara cualquier postura conservadora fue considerada como un peligro para los nuevos modelos de sociedad impulsados por el masivo surgimiento de movimientos culturales, políticos y científicos progresistas y teóricos críticos (constantemente apoyados por los impulsores de la Unión) que las percibían como un vestigio de los movimientos Nacionalistas de inicios del siglo XX.

En consecuencia, el proyecto de unificación europea y todos los movimientos que lo acompañaban representaban una negación de todas las herencias culturales, políticas y sociales que había generado la modernidad. En palabras de un autor citado por Habermas “La posmodernidad se presenta claramente como antimodernidad” (1988: pp19)

El sueño se transforma en pesadilla

La consolidación de los movimientos progresistas y su proyección cada vez más amplia en las esferas políticas, comunicacionales y culturales generaron profundos cambios en las sociedades europeas.

Los procesos de secularización que durante la ilustración tenían como objetivo separar al Estado de la religión se transfirieron a las poblaciones que cada vez en mayor medida reniegan de sus religiones tradicionales, ejemplo de esto se observa en Holanda donde entre 1970 y 2008 se demolieron 208 iglesias y otros cientos han sido convertidas en bibliotecas, restaurantes o hasta parques de patinaje producto de la disminución cada vez mayor de fieles (BBC: 2012).

La ruptura de las familias tradicionales producto del aumento de los divorcios acompañadas de crisis económicas o altas tasas de desempleo hicieron cada vez más difícil su sustentación, acelerando profundamente el fenómeno de híper individualización que afectan de manera extremadamente negativa a las relaciones sociales y los vínculos comunitarios. Los reflejos más crudos de ésta realidad se pueden ver en Suecia donde 1 de cada 4 personas mueren solas y las relaciones filo-parentales son cada vez más inexistentes (Público: 2016) o en España donde en los últimos años más de 400.000 familias han sido desahuciadas de sus hogares producto de la coyuntura económica (Vozpopuli:2016).

Los símbolos que otrora fuesen característicos al hemisferio occidental y al continente europeo, motivo de unidad y generadores de identidad como la idea de Nación, la religión cristiana y la familia tradicional fueron quebrados y reemplazados por motivaciones banales y de carácter efímero que les han costado a las poblaciones europeas su personalidad y autoestima tanto individual como colectiva.

El lobo en la puerta

La desintegración identitaria del continente sumada a las tasas de natalidad más bajas de su historia representan un grave peligro ante la inminente llegada masiva de inmigrantes ilegales del Medio Oriente y África, que unidos por una religión y costumbres antagónicas a las occidentales estiman generar un choque de civilizaciones a mediano plazo y un reemplazo de población y cultura a largo plazo, la muestra más clara de ello se encuentra en las recientes declaraciones del Primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan en las que instaba a los turcos y musulmanes en Europa a tener más de cinco hijos puesto que “ellos representan el futuro de ese continente”. (Russia Today: 2017)

Por si fuera poco, el reforzamiento económico de China hacia una producción de mayor calidad con más capacidad de competición amenaza con aplastar a los mercados europeos si no toman decisiones oportunas.

El reencuentro con la identidad o la desaparición definitiva

Europa se haya en un momento paradójico, la trayectoria que ha tomado la Unión Europea y la cultura y políticas progresistas han representado un rotundo fracaso para el continente, que, de no actuar con prontitud se podría hallar ante su inminente y estrepitoso final; el reencuentro y reencantamiento con los factores que le brindaron grandeza y poder en tiempos pasados se torna absolutamente obligatorio, consecuencia de ello es el renacimiento de los movimientos nacionalistas alrededor de todo el hemisferio que buscan una vuelta a los orígenes del continente adaptadas a los nuevos tiempos.

Sin embargo, las amenazas externas del islam radical infiltrándose masivamente en el continente y el ascenso de China con intenciones de monopolizar los mercados internacionales demandan una sólida unidad y cooperación entre las naciones que conforman el continente.

Allí se encuentra el mayor dilema que enfrenta el nacionalismo en la actualidad, comprender las dinámicas globales que caracterizan los nuevos tiempos que transitamos, requiriendo soberanía tradicional, pero exigiendo estrecha cooperación internacional o presenciar su ocaso ante la amenaza oriental.

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