El Pasante

0
364
BTCClicks.com Banner

Por: Jesús Millán

Luego de terminados cinco años de intensos estudios universitarios, el chico se prepara para insertarse en el mercado laboral. Ilusionado con el horizonte de posibilidades que se abre ante sus ojos, se apresta a demostrarle al mundo de qué están hechos él y ese papelito que lleva debajo del brazo, que representa la muestra más patente de sufrimientos, trasnochadas y esfuerzos que significó coronar la carrera.

¡Pero un momento! Hay algo con que no contaba: ¡hay que hacer una pasantía! “¿Cómo? ¡Pero nadie me dijo nada!”, dice desolado el chico al ver cada vez más lejos la meta codiciada.  Luego de varios titubeos y vacilaciones ante la cartelera de información de la facultad, se da cuenta que según resolución número ciento quinientos del honorable consejo universitario, a partir de ese momento, justo en el año en que le tocaba culminar la carrera, se establece la obligatoriedad de pasantías para todos los cursantes, tocándole a su cohorte el inmerecido honor de ser los primeros en estrenar la nueva medida.

Al final, luego de otros titubeos, nuevos trámites y una mentada de madre por lo bajo al decano de la facultad, el cuasi profesional universitario se hace de una modesta cartica intitulada “solicitud de pasantía”, donde en medio de una apurada presentación, se le hace la solicitud a alguna ignota empresa para que acepte al estudiante en su plantilla de trabajadores, en calidad de pasante.

Llegado el día, el bisoño empleado se presenta a su puesto de trabajo y es objeto de todas las consideraciones del caso: recorrido por la empresa, presentación a los futuros compañeros de trabajo, y enumeración de funciones. Por lo general, la cosa va bien, hasta que en las presentaciones se cuela la frase “ahhhhhh, ¿tú eres el pasante?”, seguida de una palmadita en el hombro y unas miradas de compasión que ni Cristo colgado en la cruz. Eso o una risita cómplice al estilo “ay mi príncipe, lo que te espera”.

El segundo estremecimiento viene cuando vuelven a preguntar “¿y dónde lo vas a poner?”… “No, el va donde González, que necesita a alguien que lo ayude”. El terror del pasante va en aumento cuando los empleados se miran extrañados entre sí y repiten al unísono “¿con González? ¿Seguro?”, todo esto acompañado de una risita nerviosa del tutor, quien apura las presentaciones como si estuviera cometiendo un delito y va raudo y veloz a dejar al pobre chico en su nuevo destino.

Siendo totalmente objetivos, debemos acotar que en principio el pasante no las tiene todas consigo, pues las únicas herramientas competitivas que posee para desarrollar su labor son: 1) un currículo exiguo que poco dice de su conocimiento en el área de desempeño; y 2) su propia condición de pasante, que lo convierte en una especie de señal luminosa en medio de la oscura selva corporativa, como diciéndole a las fieras salvajes “¡hey vengan, soy un pasante sin experiencia, aprovechen! Cosa esta última muy del gusto de muchos patronos que buscan suplir la nómina al menor costo posible.

Pero no todo es tan malo. A final de cuentas, no hay obstáculo que no se pueda superar con un poco de esfuerzo y otro tanto de disciplina.  Es bueno decirlo: hay pasantes que encuentran el trabajo de sus sueños y terminan haciendo carrera en una sólida y competitiva empresa. O en el peor de los casos, la gran mayoría termina el requisito académico sin mayores contratiempos.

El detalle radica en que independientemente del área de conocimiento y de estudios, del esfuerzo que despliegue para cumplir con sus deberes y la calidad de su desempeño, ineludiblemente el pasante se enfrentará a dos tareas fundamentales dentro de la organización que son los pilares de su estructura operativa y parte fundamental de su organigrama funcional: sacar fotocopias y hacer café. Porque sepa usted amigo lector, que en donde más se bebe café y se sacan fotocopias, es en una oficina venezolana. Sea esta el mayor de los emporios industriales conocidos, o una taguara impresentable, manejar la fotocopiadora y vigilar la cafetera eléctrica, son dos capítulos imprescindibles en la vida de todo pasante en Venezuela.

Y mosca, no se valen protestas. Así la pasante sea una niña mimada que en su vida haya tendido una cama, se verá obligada por tácitas leyes corporativas íntimamente ligadas a nuestra idiosincrasia, a asegurarse que todos los días a las 3:30 pm, un café marrón grande y humeante llegue puntualmente a las puertas de la gerencia general. Eso sí, los miércoles son dos, uno sin azúcar, porque el gerente se reúne con el vicepresidente. Porque si de algo hay que estar seguro en este mundo, es que el café tiene más gusto y sabe mejor si lo prepara el pasante.

En el caso de las fotocopias, el pasante se las verá en figurillas para cumplir con los innumerables encargos de reproducción, empastado, plastificado y engrapado de documentos, sin contar con las inverosímiles peticiones que cada departamento tenga a bien formular, cada una más loca que la anterior, forzándolo a trabajar horas extras para poder tener a tiempo legajos interminables de papeles que serán repartidos en minutas, convocatorias y reuniones de directiva, y que no serán leídos por nadie en absoluto, para ser traídas a la vuelta como papel de reciclaje.

Por supuesto, y por si fuera poco lo anterior, ningún pasante escapará a la pesadilla laboral más temida por todos los trabajadores: hacer el trabajo que le corresponde a otro. A lo cual, a nuestro empeñoso pasante que en su afán de agradar nunca dice que no, se le acercará un día el administrador de la empresa pidiéndole el “favorcito” de revisar unos reportes de ventas para ubicar unas “pequeñas diferencias” en las cuentas. Siendo que el tipo te dice como quien no quiere la cosa “tranquilo chico, que eso lo resuelves en una tarde”, el “favorcito” a la larga se convertirá en una investigación forense exhaustiva de los reportes de ventas de todas las sucursales del país.  ¡Y ay de ti si no la terminas!

Otro de los elementos que hace un tanto cuesta arriba la labor del pasante, es el espacio físico. En realidad, pocos pasantes tienen la suerte de contar con una oficina convencional que garantice un mínimo de bienestar ergonómico. Cuando mucho, será colocado en uno de los rincones más oscuros e incómodos del recinto, si acaso con una mesita o un pequeñísimo escritorio, con vista a alguna pared desconchada. Eso con suerte, pues sé de un caso en el cual al pasante le fue asignado un puesto que colindaba, a la derecha con la turbina de un aire acondicionado industrial, y a la izquierda con una planta eléctrica encendida.

Que dura es la vida del pasante.

Comentarios

No hay comentarios

Dejar respuesta