Hacerse el tonto tiene sus “ventajas”

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Todos hemos tratado de mostrarnos más inteligentes, competentes y atractivos alguna vez, ya sea fingiendo o exagerando. También sucede lo contrario: según las circunstancias, también nos hemos hecho los tontos, los torpes y hasta los feos.

Esta ambivalencia se ha detectado en algunos miembros del reino animal, como el caso de la gaviota plateada, que se encoge y reduce su nivel de agresividad para parecer un pichón pequeño y así permanecer más tiempo con los progenitores y recibir una inversión parental mayor.

Minusvalorarse también ha podido ser una estrategia viable a nivel evolutivo. Es una estrategia minoritaria porque solo resulta poco frecuente, cuando los receptores están con la guardia baja.

Los casos más habituales tienen que ver con fingir ignorancia para eludir responsabilidades, que en la cultura afroestadounidense se denomina “dummying up” (hacerse el tonto o el desentendido). Tal y como lo explica Robert Trivers en su libro La insensatez de los necios:

Es una expresión relativa a una situación particular en la que la persona en cuestión simula no saber nada de algo, por ejemplo, dice que no fue testigo de un delito que se cometió en su presencia o finge ignorar totalmente una relación oculta. Puedo fingir que soy menos inteligente o menos consciente de lo que soy, con el fin de minimizar el trabajo que tengo que hacer. Así, un empleado puede hacerse el tonto o el desentendido para evitar que le asignen tareas más difíciles.

Con frecuencia los hispanohablantes  Estados Unidos, simulan entender menos el inglés de lo que realmente entienden, con el objeto de aprovecharse de los estadounidenses anglófobos que fácilmente caen en el engaño: otro ejemplo de que nuestros prejuicios pueden terminar por convertirnos en víctimas.

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