Infancia deportiva

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Por: Jesús Millán

Lamentablemente, mi infancia fue una eterna contradicción con respecto a los deseos de mi padre de que fuera, por ejemplo, un grandeliga. Y tal deseo no era gratis, por supuesto que no. Debo hacer la acotación de que mi padre en su momento fue un deportista de habilidades notorias, que lo hicieron llegar a niveles de competencia poco más que respetables.

Gracias a una inefable miopía que me acompaña desde que tengo uso de razón, y a un pertinaz miedo a cualquier objeto que se dirigiera a mi persona a más de 20 Km/h, jamás y nunca pude practicar decentemente ningún deporte de esos que llaman de competencia. Añádase a esto unos kilos de más, que me hacían una monada a los ojos de mis tías, pero que entorpecían hasta la exasperación mis movimientos a la hora de la búsqueda del “rolling” o de hacer el necesario “dribble” ganador, que por supuesto nunca logré.

Ya mi destino estaba marcado desde los lejanos tiempos de la primaria, en donde resaltaron sin ninguna duda mis pocas habilidades deportivas. Alguna vez uno de mis pocos logros fue el de lograr una mísera canasta en un juego de baloncesto que íbamos ganando 62 a 14, apenas a minutos de sonar el timbre de salida del colegio, cuando lo común era que yo sirviera los saques de banda al mismo chico que siempre me tenía de comodín y que me entregaba la pelota.

En otra ocasión, en una tanda de tiros libres, la sorpresa de mis compañeros de equipo se hizo patente cuando me hicieron una falta bajo el canasto, pues justo en ese momento estaba ¡atacando!, para extrañeza de mi equipo y asombro de los del equipo contrario. He de confesar a la distancia de los años que la dichosa falta no fue tal, sino un traspiés ocasionado por el azoro de verme rodeado por la defensa. Ciertamente, Hernández tenías razón, nunca fue falta. Lamento que te hayan expulsado por reclamar.

No tuve mejor suerte en el voleibol, que tampoco se me daba bien. De por sí ya el profesor de educación física me tenía el ojo puesto por mi poca capacidad de salto y la tenaz confusión que yo tenía con el brazo para rematar, pues las llegadas por la derecha las mal resolvía con la izquierda, y las de la izquierda quedaban peor con la derecha. A la hora de los “circuitos” no me iba mucho mejor, pues era yo quien casi siempre rompía los relevos de varios que se batían vertiginosamente para rematar y volear alternativamente bajo las órdenes del guía.

Aún cuando llegué a hacer saques de cancha decentes, mi desempeño era, por decir lo menos laberíntico, pues deambulaba de un lado a otro en búsqueda de una pelota que se me hacía tercamente esquiva. Evidentemente, los contrarios se aprovechaban de mi falta de orientación espacial para hacerme llegar de seguidas todos los remates y piques posibles, lo cual hacían con una frecuencia agavillante y alevosa, pues yo era el “hueco” que les garantizaba puntos. Y eso a los 12 años, era poco menos que la gloria en una época cuando no existía el internet ni los juegos en red.

Como en todo buen colegio religioso regentado por españoles e italianos, el deporte rey era el fútbol, y de allí nadie se escapaba. Prácticamente como si fuera una materia escolar, a la hora del recreo se veían miríadas de chicos detrás de un balón, confundidos todos entre la turba desorbitaba que pugnaba por llegar al arco contrario, lo cual era harto difícil en tales condiciones, pues entre tanta euforia infantil, las únicas alternativas posibles eran las de llegar sin balón e inconsciente, o como mínimo con el pantalón hecho flecos de tantas patadas recibidas. Y mamá pegaba el grito al cielo apenas llegar a casa.

De vez en cuando algún cura se entusiasmaba y se unía a la chiquillada que correteaba a través del campo arenoso en pos de la pelota, tratando de hacer amagues mientras la turba desaforada la emprendía sin ningún tipo de piedad ni contrición en contra de su humanidad. Más de una vez vi a los sacerdotes sobándose las canillas fuera de la línea de saque, producto de las zancadillas propinadas en medio del fragor del juego, azuzadas tal vez por el infantil divertimento de desafiar a la autoridad que media hora antes nos había mostrado el rostro de Dios en la clase de catecismo, con el irresistible añadido de portar una pelota de fútbol en un descampado donde todo valía.

En realidad mi destino no cambió mucho, pues junto con otros que compartían también escasas habilidades futbolísticas, fui condenado irremisiblemente a la defensa en todas mis intervenciones. Ni rastro de gol, he de decirlo sin ninguna vergüenza. Pero de vez en cuando la cosa se animaba con algunos delanteros que tomaban la iniciativa y así la cosa no resultaba tan aburrida.

Y aunque dije que no era precisamente muy hábil en el manejo del balón, si admito que me prodigué bastante gracias a las “clases” recibidas en el recreo, más parecidas al “full contac” que al balompié, y de vez en cuando metía una que otra pierna a algún desavisado que se atrevía a llegar más allá de donde la prudencia y la línea de meta permitían. Alguno se lo tomó a chanza y me decía medio en broma, medio en serio: “Millán, contigo pasa el balón, pero no el delantero”. Por fin alguien reconocía mi esfuerzo. @ElMalMoncho

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