La Carta de Suicidio de Arturo Soto

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Por: Elver Sánchez

Han pasado cinco días desde que el señor Alfonso se despidió de su hermano en su funeral, la tristeza se hizo su compañera en aquella tarde cuando se sentó en la mecedora de su sala sosteniendo la última carta que su hermano había escrito para el antes de tomar la decisión de quitarse la vida, no quería que su esposa se enterara de su derrumbe, así que esperó a que saliera a jugar a las cartas con sus amigas de antes, y aprovechó para tomar la carta y leerla con una tasa de café al lado.

La abrió preocupado imaginando lo peor, de verdad no quiero hacerlo –pensaba- no quiero saber cómo terminó, quiero que se quede en mi memoria como un hombre feliz y querido por su familia. El temeroso deseo al final fue superado por un nuevo deseo de saber la verdad y de que esa era la voluntad de su hermano, así que abrió el sobre rápidamente superando cualquier barrera de preocupación y leyó la carta inmediatamente.

“Mi querido y único hermano te pido perdón, te pido todo el perdón del mundo por lo que hice, sabes que te quiero con todas mis fuerzas a ti, a mi querida cuñada Isidora, a mis hermosos nietos Juan y Cristopher, a donde quiera que vaya los llevaré siempre en mi corazón, siempre les estaré agradecido por ayudarme, por siempre enaltecer para mi tu amor fraterno, incluso cuando te enteraste de mi orientación sexual el día que estaba decaído por mi dolencia, tú me ayudaste y me resguardaste en un sitio seguro, sufría porque no podía confesártelo e imaginé tu rechazo, pero todo fue mejor de lo que esperaba, siempre había querido tener tu gran corazón, el tuyo y el de tu bella esposa, mis sobrinos han crecido tan buenas personas y nunca sentí ningún rechazo de ellos, todo lo contrario, siempre me han demostrado su cariño, les has enseñado a amarme tanto como tu me amas a mi, gracias, sufrimos tanto de niños después de que murió nuestra madre y posteriormente nuestro padre, pero siempre nos cuidamos y nos mantuvimos unidos.

Mi suicidio no tiene nada que ver con alguna depresión o algún trastorno de mi personalidad que se haya volteado en contra de mi, lo que estoy a punto de contarte debe quedar entre tú y las páginas de esta carta; quémalas después de leerla, no las guardes en ningún sitio, ni permitas que nadie la lea, quizás te deje espantado de por vida pero eres la única persona a la que puedo contarle algo tan importante.

No hace mucho tiempo, en mi viaje a Madrid, fui a una convención ¿lo recuerdas? En realidad no era una convención sobre ponencias y ensayos filológicos, como te había dicho, en realidad era una reunión del Equinoccio. ¿Recuerdas que te mencioné sobre el Equinoccio y los conocimientos que se encuentran guardados dentro de las mentes de sus miembros? Era una orden que muy bien sabes existió desde la antigüedad, resguardando todos los conocimientos de todas las edades de la historia, incluso sus teorías y conocimientos empíricos sirvieron como bases para fundamentar otras ideas, ensayos y tesis, en temas de ciencia, filosofía, teología, historia, política, alquimia, etc.

Mi intelectualidad y mis enormes aportes para los estudios filológicos sobre la historia de la antigüedad llegaron a ser poco conocidos en el desarrollo de las ciencias, pero al parecer habían tocado el interés de otros eruditos e intelectuales de los campos más extraños y ocultos de las distintas materias. Pensé que caería en una nueva depresión acompañada de narcóticos que aliviaran mi ansiedad y estrés, hasta que fui contactado por un distinguido caballero de acento español que me propuso una oferta que no pude rechazar. Me reuní con él en Caracas, estaba lloviendo ese día, nos encontramos en una biblioteca cerca del hotel donde me quedaba, había poca luz y las sombras lo cubrían todo, esperé por un buen rato hasta que finalmente decidí irme ya que no quería seguir esperando más en ese lugar tan sombrío, hasta que de repente escuché la voz de alguien llamándome, supuse que era el, no voy a decirte su nombre querido hermano ya que debo resguardar las identidades de los miembros de esa orden para protegerte, puesto que tienen mucho poder; el hombre me saludó y me habló con voz suave y plausible, nos sentamos un rato y me habló de manera directa sobre mi trabajo, dijo que mis conocimientos y teorías habían sobre pasado los muros de la intelectualidad humana, y que quería saber si estaba dispuesto a guardar un secreto y no mencionárselo a nadie, ya que era de suma importancia el resguardo del secreto de su orden.

Me enseñó una insignia muy llamativa y bien pulida, pero lo que llamó más mi atención era el símbolo que traía, era una estrella octagonal con un ojo destellando fuego en el centro, sabía lo que significaba y también sabía lo que pasaría posteriormente. Había estudiado ese símbolo, era el emblema del Equinoccio, la más antigua de todas la ordenes que hubieran surgido sobre la faz de la tierra. Me quedé pasmado y sin palabras en ese momento, el hombre al ver mi reacción, volvió a guardar su insignia dentro de su saco, me dijo que podía dejar mi vida de dolor y llena de rechazos a cambio de una hermética pero llena solo de conocimientos gratificantes, que podía hacer algo mucho más grande con el campo de trabajo en el que me destacaba, si aceptaba estaba totalmente entregado, no podía tener una relación estable, ni amigos, ni ver a mis familiares porque mi nuevo oficio, tenía que ser un completo secreto, por eso te evitaba todo este tiempo querido hermano, para protegerlos a ti y a tu familia.

La curiosidad y el deseo de pertenecer a algo que estaba buscando desde que me convertí en un ilustrado filólogo me impulsaron a decir que si inmediatamente, cerramos el trato con un apretón de manos y nos dirigimos tres días después a Madrid, fui con todos los gastos pagos, nos quedamos en una mansión enorme a las fuera de la ciudad, y al siguiente día partimos a una casa que quedaba muy aledaña en el campo, ahí conocí a las más ilustres mentes de diferentes ramas de la ciencia y distintas corrientes de pensamiento; físicos, biólogos, filósofos, teólogos, doctores en ciencias humanísticas, entre otros. Era una reunión de intelectuales y hombres de ciencia y cada uno de ellos hizo un aporte magnánimo en el área en la que trabajaban.

Hicimos una especie de rito de iniciación, juramentados a una serie de normas y reglas que no te puedo revelar, no era nada del otro mundo pero era demasiado comprometedor, y al terminar, nos apretamos las manos y nos felicitamos con arrolladora simpatía entre todos, a mi particularmente me entregaron un libro que estaba en una lengua y escritura extraña que nunca había visto ni estudiado en mi vida, pero se notaba que era más antigua que la cuneiforme. Mi función era traducir ese libro que tenía en la portada el símbolo del Equinoccio, si aceptaba, iba a hacer respaldado por una buena cantidad de dinero y recursos que me ayudarían a la realización de mi trabajo, estaban confiados que lo lograría ya que me veían como un erudito superdotado en la filología, la semántica, semiología y en la traducción de las lenguas y escrituras antiguas.

Debo confesarte Alfonso que nunca debí aceptar ese terrible trabajo, pero en ese momento me llené de emoción y alegría, porque iba a emplear todos mis conocimientos en algo que no había sido trabajado por nadie y que iba adquirir más reconocimiento y experiencia dentro de una de las órdenes de intelectuales más antiguas de la humanidad, no podía creer que me pasara a mí, pero estaba pasando.

Después de varios días en Madrid, regresé a Venezuela con gran material y herramientas para mi trabajo, al llegar a mi casa lo primero que hice fue desempacar el equipo de trabajo que me habían dado para ponerme a trabajar en el libro de una vez. Los primeros días fueron muy apacibles y tranquilos, llenos de motividad y concordia con mi tarea, cada semana enviaba un avance de mi trabajo a los maestros líderes del Equinoccio, y cada semana me llegaba a mi cuenta de banco una jugosa suma de dinero que era suficiente como para vivir bien por tres meses, eso denotaba que estaba haciendo muy bien mi cometido y lo importante que era para ellos.

Pero los días posteriores se empezaron a ser más pesados Alfonso, cada vez que traducía e interpretaba ese extraño y esotérico libro más me sentía apegado a él, los párrafos decían cosas que iban más allá de mi compresión, era como estar esclavizado a algo que no puedes ver, sentía una fuerza sobrenatural e invisible con pulmones respirándome detrás de mí cuello, dormía poco por las noches y durante el día caminaba por la casa como un muerto viviente hasta mi escritorio para seguir con mi trabajo, estaba obsesivo, delirante, sin voluntad… No quería dejar de leer cada letra, cada oración y le ponía cada vez más determinación.

Aunque todo lo que leía en ese extraño libro era raro para mí, las frases horripilantes y las extrañas interpretaciones que extraía las hacía de forma cada vez más natural, sin ningún esfuerzo, como si algo se hubiera apoderado de mi cuerpo y usándome como motor para reescribir el libro, cada palabra que socavaba no tenían ningún sentido, pero para estos hombres que me habían otorgado el libro si tenía todo el sentido del mundo, cada párrafo que traducía me inducía cada vez más a la locura, no quiero revelarte nada de lo escrito en ese libro hermano, ni siquiera una línea o un símbolo porque tengo miedo, mucho miedo de que también te induzca a la locura y a la falta de sentido de común como a mí.

A veces no podía dormir, tampoco me daba hambre ni sed, la señora Celestina, quien venía cada cuatro veces a la semana a hacer el aseo de la casa, a hacer el mercado y preparar el almuerzo, me dejaba la comida en la mesa de al lado de la puerta de despacho, la cual apenas tocaba desde que comencé con la realización de este maldito libro, ya no cruzaba palabras con ella, apenas si le dirigía la mirada, solo quería seguir traduciendo el libro y llegar al final de cada palabra, de cada cántico y de cada símbolo e ilustración.

Recurrentemente llegaban a mi cabeza espantosas imágenes y palabras que leí del libro, se habían quedado todas arraigadas en mi cabeza y me causaban una terrible jaqueca, en mis visiones se visualizaban figuras envueltas en energía que no tenían rostro, detrás de ellas estaba el universo en toda su anchura e infinidad, y todos los días era lo mismo Alfonso, cada día que pasaba mi mente soportaba cada vez menos. Mis párpados y labios estaban ennegrecidos y mi piel tan pálida y seca por no tomar el sol, caminaba de un lado a otro por toda la casa pensativo, era como si me hubiera convertido en una especie de fantasma, una abstracción de la realidad.

La casa se había convertido en una guarida de sombras con voluntad propia que se movían de un lado a otro y hasta lograban adaptar forma humana, algunas de ellas me señalaban con sus larguiruchos dedos y se quedaban quietas y otras me perseguían por todas partes, como esperando el momento de verme entregado por completo a la demencia.

Pensaba entonces mi querido hermano que si terminaba mi trabajo de una vez por todas terminaría por completo todos los deseos e impulsos de querer hacerme daño, mantuve ese pensamiento en mi mente hasta que por fin lo logré, conseguí terminarlo y con ello mis temores de tan terrible oficio.

Me fui a dormir luego de terminar mi tarea pero seguía con un espantoso insomnio que no me dejaba descansar, aunque estaba cansado, imágenes y ruidos seguían golpeando a mi mente, no podía soportarlos, las sombras seguían acumulándose conmigo en mi habitación y los cánticos y las oraciones traducidas del libro taladraban en mi subconsciente de manera fatal, simplemente venían a mí, disparándome, revelándome cosas horribles en mis pensamientos, susurrándome, no me dejaban en paz.

Al final decidí tomar esta drástica decisión, lo había meditado tanto pero ya no más, solo quiero librarme de este tormento que me he causado a mí mismo, decidí quitarme la vida y es por esto que estoy escribiendo esta carta para ti Alfonso, perdóname por no haberte dicho nada antes, por no haberte escrito en todos estos meses, por haberte dicho mentiras de que no me encontraba en la ciudad sino más bien en Ginebra haciendo un trabajo para un instituto, perdóname por haber hecho esto pero no tuve otra opción, ya no quiero seguir viviendo de esta manera y con todas esas cosas terribles e inefables que me atormentan yo opto por el suicidio; moveré todas las influencias que tengo para que después de mi muerte esta carta solo sea leída por ti, recuerda que no debes enseñársela a nadie ni siquiera a Isidora, por tu protección quémala por completo, no la guardes, dile a mis sobrinos que los quiero mucho y a mi querida Isidora también, con lágrimas en mis ojos me despido mi amado hermano, hasta pronto, nos veremos en la eternidad. Arturo.

”Alfonso terminó leyendo la carta como si una espada le hubiera atravesado el corazón, con lágrimas deslizándose por su rostro, los ojos desorbitados y la palma de su mano cubriendo su boca”.

Inmediatamente quemó todas las páginas de la carta y se encerró en su habitación por un buen rato, inclinado, sentado en el borde de la cama con las manos en la cara y los ojos rojos e hinchados, se dirigió corriendo con sumo espanto a su auto, condujo como loco hasta la casa de su hermano y trató de hallar por todas partes el libro maldito que con indescriptible contenido condujo a su hermano al suicidio, buscó y buscó, hasta por debajo de las repisas pero no lo encontró, pasó horas buscándolo hasta en los lugares más inhóspitos e inimaginables de la casa, pero sin resultado alguno; solo pudo encontrar una nota debajo del escritorio de Arturo en su despacho; al verla, la nota lo llenó de horror, y lo paralizó al instante, la nota tenía un símbolo y solo decía: “GRACIAS POR TUS SERVICIOS.”

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