La Diáfana Risa

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Por: Elver Sánchez.

Emilia y Roberto eran una pareja que vivían aledaños del pueblo de Pampán, Estado Trujillo, eran una pareja humilde y tranquila y no tenían casi preocupaciones, rodeados de la pasividad del campo lo cual era gratificante para sus poco exigentes vidas. Roberto bajaba de vez en cuando al pueblo, a Emilia no le gustaba mucho salir, para entretener su aburrimiento trabajaba con la costura y el bordado, confeccionando trajes y vestidos que le encargaba la gente del pueblo, tenía un buen ojo y buenas manos para trabajar la tela, era casi toda una experta. Roberto se entretenía con el alcohol, cortando leña para las noches, trabajando en el campo y caminando solo por el bosque para liberar sus fuertes pensamientos.

Durante el día eran dos desconocidos ocupados en sus quehaceres viviendo en un campo abierto, rodeado de colinas boscosas, trabajando para mantenerse, pero por las noches eran amantes en la oscuridad, y sus secretos no estaban a salvo el uno del otro, tenían poco tiempo de matrimonio y nunca perdieron la costumbre de contarse historias que los hacían dormir como dos niños ansiosos porque les cuenten un relato fantástico que elevara su imaginación. Todo comenzó una madrugada, como a eso de las tres y treinta tres de la noche, Emilia descansaba apaciguadamente debajo del brazo de Roberto, hasta que escuchó una estruendosa risa, tan fuerte, vibrante y transparente como si emanara de la propia casa, despertándola exaltada; pero supo que provenía de afuera y no pudo divisar otra cosa que la fuerte tempestad que se asomaba por la ventana, no prestó mucha atención y se fue a dormir, al cabo de unos minutos, volvió, la estridente risa, como la de una mujer perversa cometiendo un acto diabólico y escalofriante. Llena de pánico despierta a Roberto, y le habla de la horrible risa que provenía de afuera de la casa y que aún se escuchaba, pero Roberto no escuchaba nada y le dijo a Emilia que se calmara, que por la tormenta de afuera y el sueño, estaba oyendo cosas. Roberto volvió a dormir sin prestar mucha atención, y Emilia volvió reposar su cabeza en la almohada pero con la sensación de que algo no andaba bien.

Amanece, y la pareja comienza sus labores después del desayuno, Roberto se despide de Emilia con un beso y se va trabajar al campo, Emilia comienza el día con desánimos, con pensamientos poco frecuentes en su mente que tenían relación con la espantosa risa que la despertó anoche, estaba también un poco cansada ya que no había dormido bien, sin embargo, trabajó en sus encargos de costura sin ningún problema. Mientras trabajaba, Emilia comenzaba a tener pensamientos volátiles que la distraían de sus deberes, bordaba sin estar pendiente de lo que hacía y su imaginación empezó a tomar otro rumbo, hasta que en una hilada, la aguja se inserta en su dedo índice tan profundamente que soltó un pequeño quejido de dolor, se dirigió rápidamente a la pequeña caja de menesteres junto al baño para conseguir alcohol y algo de algodón para su herida; pero, en ese momento, otro pensamiento la distrajo volteando su atención, y fue cuando veía la sangre deslizándose sobre su dedo, fue tan extraño que eso le causó algo de placer, se quedó observando por un momento como las lineas de sangre iban cayendo en gotas de su mano, el momento le provocó una leve sonrisa en su rostro, pero luego reaccionó al instante y tomó un poco de algodón con alcohol para purificar la herida, luego de eso, fue al baño, se mojó la cara y se miró fijamente en el espejo, se sentía algo preocupada porque sabía que algo en ella no estaba bien, pero luego no prestó mucha atención, pensó que era por el cansancio el motivo de que se estuviera imaginando cosas, así que volvió a sus trabajos y esta vez sin interrupciones.

Al finalizar el día, Roberto llega con varias cosas entre ellas leña cortada, la deja a un lado para sentarse en el sofá, Emilia apenas lo miraba como sino no notara su presencia, estaba muy ocupada en su trabajo y Roberto tampoco le prestó mucha atención, Emilia comenzó a guardarse sus oscuros pensamientos y hacía cualquier cosa que la distrajera para no pensar en ellos, encendió fuego para la chimenea, puso fuego para el horno y comenzó hacer la cena, y ordenó los platos y utensilios de la cocina; Roberto quería ayudarla y en una de esas la abrazó por detrás, la reacción de Emilia fue, aunque oculta, de repugnancia; le molestó tanto ese gesto que solo rogaba a Dios que la soltara para ella continuar con sus deberes, en un instante, miró el cuchillo junto al fregadero con detenimiento y comenzó a tener pensamientos siniestros y letales, lo que la dejó desconcertada después, luego Roberto la soltó y comenzó avivar de nuevo el fuego de la chimenea de la sala que se estaba extinguiendo, y eso fue un respiro de alivio para ella, más de lo que esperaba en aquella ocasión, se sentía abrumada puesto que era la primera vez que pensaba cosas así.

Mientras cenaban, Roberto comentaba sobre su día, pero Emilia no prestaba atención, su cuerpo hacía que si, pero su mente estaba en un bucle de horrores que la descargaban fuera de este mundo, pensaba en el placer de reírse descarriladamente por cometer algún acto ilícito, eso la satisfacía pero llegó un momento en que su sentido común y razón volvieron en sí en ella, y reprimió todo pensamiento que fuera en contra de su frágil personalidad de mujer tranquila, pero lo que no sabía, es que al hacerlo estaba creando una personalidad oscura capaz de cometer actos de locura para alimentar la hambrienta imaginación de su nuevo ser, rápidamente, y fuera de la vista de Roberto, el otro ser maligno gestándose dentro de la conciencia de Emilia se estaba apoderando de ella; ni siquiera ella misma podía prever lo que sucedería después.

En la madrugada, mientras dormían, a la misma hora de la noche anterior, tres y treinta y tres de la noche, Emilia vuelve a levantarse exaltada y llena de terror al escuchar de nuevo la diabólica risa, que esta vez sin la tormenta, era tan fuerte como si emanara de veinte gargantas. Para no sentirse de nuevo ridícula frente a Roberto, se deslizó sutilmente de la cama y se puso ropa abrigadora para salir afuera, esta vez quiso ir preparada, así que tomó el hacha para cortar leña de Roberto y se adentró al campo, el arrullo de la oscuridad de la noche era tan intenso que no podía ver muy bien hacia donde iba, solo se guiaba por su oído siguiendo el estridente y claro sonido de la risa que la mantenía despierta desesperadamente hasta dar a su origen, caminó y caminó, escaló una colina escabrosa llena de rocas hasta llegar al borde de un risco que daba hacia un vacío extenso, al llegar ahí, la risa había desaparecido por completo, ya no se escuchaba, y Emilia soltó un grito de impotencia desesperada que se hacía cada vez mas gutural; se quedó por un rato allí, invadida por sus débiles pensamientos y luego regresó a la cabaña sin mas.

Al amanecer, Roberto despierta tratando de alcanzar la calidez de su esposa, pero notó rápidamente que no estaba y al voltear la mirada intentando buscarla, vio a Emilia sentada al lado de la cama, con la mirada fija al vacío, como pensativa, era como una estatua de carne y hueso, no mostraba ninguna expresividad, como si estuviera sin vida; -¿Que estás haciendo?- Le preguntó, pero ella ni siquiera se inmutó, -¿Mi amor te ocurre algo?- En ese momento Emilia volteó la mirada revelando un rostro de horror, tan terrible, que llenó el cuerpo de Roberto de pánico. Se levantó de la silla lentamente y Roberto no hizo mas que levantarse con mayor rapidez. Emilia comenzó a dar unos pasos hacia atrás y tomó una postura de defensa sin cambiar ni una sola expresión de su rostro, Roberto notó que algo no andaba bien en ella, y trató de acercarse para hablar; -¡Aléjate, no te atrevas a tocarme!- Dijo Emilia con voz amenazadora y perturbada, pero Roberto extendió su mano para poder acercarse y ella la golpeó con brutalidad, los ojos de Emilia estaban ardidos como de cólera, como si estuviera de frente con su peor enemigo, miró el cuchillo que estaba en el borde de la cocina y Roberto lo notó; fue cuando lo impulsó mas el pánico y se abalanzó velozmente hacia ella y con fuerza la arrojó a la cama para tratar de tranquilizarla, pero Emilia se recompuso rápidamente y se quedó sentada en el borde de la cama, mirando a Roberto con ojos centelleantes y furiosos. En ese momento, Emilia empezó a retorcerse en la cama; gritaba, chillaba, berreaba, se ponía las manos en la cabeza y se la apretaba con fuerza, luego empezó a agitarla de un lado a otro mientras se doblaba y gritaba; -¡Búscala! ¡Búscala! ¡Cállala! ¡Mátala!- Eran las únicas palabras que vociferaba y repetía una y otra vez, y lo hacía a cada rato a todo pulmón y cada vez más rápido, la escena de horror fue demasiado para los ojos de Roberto; el miedo se mezcló también con impotencia, su mente no comprendía lo que pasaba y quedó petrificado, puesto que jamás había visto a Emilia comportarse así. En un instante, y sin darse cuenta, Emilia se levantó de la cama y se dirigió rápidamente a la cocina y tomó el cuchillo que con tanta ansiedad quería tomar, su objetivo al parecer era clavárselo en el ojo de la frente; -¡Ya no puedo más, no quiero escucharla más! – Pero antes de hacerlo Roberto la detuvo, y consiguió arrojar el cuchillo de su mano al otro lado de la cocina y con fuerza, amarró sus brazos y sus piernas a la cama usando sabanas y ropas viejas, y ella solo se resistía y retorcía y gritaba con voz aguda y despampanante.

Roberto no quería dejarla sola en ese estado de locura trastornado y psicótico en el que se encontraba pero no tuvo otra opción, fue tan rápido como pudo al pueblo a buscar al doctor Antonio antes de que fuera demasiado tarde, y al cabo de un rato logró traerlo con la misma velocidad; Emilia se encontraba ahí, agitando su cabeza de un lado a otro, tratando de liberarse, gritando y gimiendo las misma palabras, sus ojos estaban rojos y la saliva le escurría de su boca, era demasiado para Roberto, no podía mirarla. El doctor rápidamente sacó de su maletín una ampolla y un calmante para tranquilizar a la trastornada mujer, con la ayuda de Roberto, logró inyectarle el tranquilizante, y al cabo de un rato esta se calmó y se durmió profundamente.

El doctor luego le hizo unas preguntas a Roberto sobre el ataque de locura repentino de Emilia, que si era la primera vez que le pasaba o si en su familia ella tenía algún pariente con trastornos psicóticos o de esquizofrenia aguda. Pero Roberto ignoraba todos esos detalles puesto que no los sabía, de todas formas el doctor le recetó una medicina que solo se conseguía en la ciudad en las afueras del pueblo, que seguramente eso le ayudaría mucho. El doctor se despidió de Roberto después de darle unas palabras de aliento, y este se quedó afuera de la cabaña inclinado al lado de la puerta, con las manos en la frente, intentando asimilar todo lo que había pasado, necesitaba un trago ya que fue una mañana extraña para él.

De repente, Roberto escuchó un ruido muy fuerte dentro de la casa, entró inmediatamente y vio a Emilia agachada en el rincón de la cocina, su cara era como de un espanto y sus ojos estaban llenos de lágrimas, el sedante no le había durado nada como si tuviera una especie de inmunidad hacia el, miró a Roberto fijamente y dijo; -La encontraré y la mataré de una vez por todas- Luego se levantó e intentó llegar a la puerta, pero Roberto la detuvo y aplicó toda su fuerza para someterla y dejarla inmóvil de nuevo en la cama, pero Emilia se resistía mas que nunca con chillidos y quejidos de negación agudos, y su cuerpo se movía de un lado a otro. Entonces, en medio del forcejeo, Emilia consiguió darle con un golpe de su codo en la entrepierna de Roberto con lo que logró zafarse finalmente y corrió rápidamente a la puerta, Roberto fue tras ella a toda la velocidad que pudo.

La persiguió por todo el campo, al parecer se dirigía a la colina escabrosa, Emilia corría demasiado rápido, tanto, que Roberto llegó a pensar que había sido poseída por algún demonio furioso que le otorgaba habilidades sobrehumanas; llegó hasta la colina y escaló las rocas a una velocidad tan sorprendente que Roberto llegó hasta perderla de vista, y temió lo peor, escaló la colina lo más rápido que pudo y logró alcanzarla al final, en el borde del risco que daba vista a un enorme valle. Emilia estaba en el borde mirando a todas las direcciones con solida rapidez y solo decía; -¡La risa! ¡La risa! ¡La risa! – Lo repetía una y otra vez, sus palabras desde el principio no tenían sentido para Roberto, intentó acercarsele, tratando de convencerla de que no había ninguna risa, que volviera con él, que todo estaba en su imaginación. De repente, Emilia elevó los brazos y extendió los dedos mirando hacia abajo, un punzante sentimiento de miedo y horror se clavaron en el pecho de Roberto y fue en ese momento cuando Emilia dijo; -¡Ahí está! – y se lanzó al vacío sin pensarlo, solo con una sonrisa de desquiciada en su rostro; Roberto gritó de espanto y se desmoronó por completo en el borde de aquél risco, extendiendo su brazo viendo como Emilia caía desplomándose en el suelo de aquel valle, sollozando en dolor hasta convertirse en un ser borroso e infrahumano.

Pasaron dos semanas desde el fatídico suicidio de Emilia, y Roberto seguía igual, jamás volvió a ser el mismo, se entregó mas al alcohol. La soledad y los malos pensamientos se habían vuelto sus amigos ahora, y por su puesto, sus malos consejeros, pensó en vender la cabaña y regresar a su pueblo natal a ocupar la casa de sus padres ya que todo lo que le rodeaba le recordaba a Emilia, desde los buenos momentos hasta su trágica muerte, nunca lo pudo asimilar. De repente, Roberto en su ebriedad tuvo un sobresalto que lo impulsó a levantarse de su silla, sus oídos habían escuchado algo tan claro como una tormenta, y tan terrible como un espanto a media noche que provenía de afuera, había escuchado, el horripilante estruendo de una siniestra y diabólica risa.

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