Medidas venezolanas

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Por: Jesús Millán

Uno de los más grandes rasgos de la venezolanidad es la manera en que se miden las  distancias, las cantidades y los tiempos. Dios bendijo esta tierra ancha y generosa con gente cuyo ingenio vence cualquier obstáculo por muy grande que sea, y sea válido por ello un sentido homenaje a aquellas almas prácticas e industriosas que nos proveen de soluciones para los grandes problemas que asolan a la sociedad de nuestro tiempo.

Nunca me cansaré de alabar al genio que inventó una unidad para medir las distancias, que por sus cualidades únicas, la hace merecedora del mayor premio a la innovación que pueda existir sobre la tierra. Hablo en este caso del inventor de la frase: “más allaíta”. Dígame usted amigo lector si no se cubrió de gloria este dilecto venezolano que tradujo fielmente nuestro gentilicio, al proveernos de una forma de medición que en tan poco espacio expresa su sutil practicidad.

Eso sí, debemos tomar en cuenta que el “más allaíta”, es una unidad de medida netamente venezolana, que sólo comprendería un nativo de estas tierras. Sería muy difícil para un extranjero entender que en Venezuela hay un parámetro que expresa una distancia mayor que un metro, pero que al mismo tiempo puede ser menor que el radio terrestre.

No existe en nuestro país una institución más sólida y permanente que el “más allaíta”. Es utilizada por igual a lo largo y ancho de nuestra tierra, aunque se reconoce una tendencia más marcada hacia el Occidente del país. Existe una variante un poco menos utilizada pero igual de válida: el “más acaíta”, que tiene como rasgo principal el de acercar amablemente algo que pueda estar un tanto más lejos de lo que pensábamos, y que de paso, sí que lo está.

Ambas formas se han constituido paulatinamente en unidades de medida de manejo sencillo y uso generalizado. Es menester que siempre encontraremos al amable transeúnte que nos indicará con la mejor disposición que la casa, el edifico, la calle, la oficina, y hasta un baño, no es que se encuentran a dos cuadras, a cien metros o ni siquiera a dos puertas de distancia, sino “más allaíta”.

En otro caso, también tenemos presente a esa maravilla de mensuras y significancias como lo es el muy nombrado “poquito”.

En su pequeñez, el “poquito” establece con fuerza y decisión esa cantidad demasiado pequeña para ser medida, pero suficiente como para ser tomada en cuenta y satisfacer hasta el gusto más exigente.

Tiene un cierto cariz cariñoso y simpático, especialmente cuando es empleada en la intimidad y el presupuesto familiar no da como para grandes porciones.

Así resuenan alternativamente los graciosos “dame un poquito” o “toma este poquito”, que también pueden tener un cierto significado despectivo cuando se descalifica la humilde partición: “¿nada más este poquito?”; o si la situación es de real apuro: “solo queda un poquitico”. Curiosamente, el habla popular venezolana ha creado su antítesis en la palabra “poco”, que aunque en español significa prácticamente lo mismo, en el caso venezolano tiene una connotación de mucho o demasiado.

Así, ya es común encontrarse en la cola del banco “con un poco de gente”, o al hacer diligencias burocráticas, lo normal es que nos pidan “un poco de papeles”. Ya en este caso, el “poco” nos asfixia con su peso semántico y hace que nuestra verticalidad moral y física peligre, al hacer todo lo humanamente posible por mantener el precario equilibrio que las pesadas cargas nos exigen.

Me atrevería a decir que lo dicho anteriormente, puede equipararse en términos de uso y utilidad con otra práctica unidad de medida, pero en este caso aplicada al tiempo. Nos referimos al famosísimo “antier”, conocidísimo en el Oriente del país, cuya capacidad de uso es tal, que si es necesario, puede fraccionarse en unidades más pequeñas y se convierte en el mínimo y no menos abstracto “antielito”, que gracias a su burlona imprecisión, sirve de apoyo a la hora de resolver olvidos al momento de fijar fechas importantes o citas que no se recuerdan o que simplemente nunca se lograron.

De esta manera el “antier”, se convierte en una medida poco precisa, que en su misma vaguedad sirve de refugio a aquellos desmemoriados que intentan ubicar en el tiempo el último viaje de vacaciones o la presunta proximidad de la muerte de aquél familiar tan querido que en mala hora, literalmente, decidió dejar el mundo de los vivos con la total desconsideración de no proveernos de un patrón calendario para guiarnos.

En sintonía con lo anterior, no podemos dejar de nombrar los ya legendarios “cinco minutos margariteños”, ese monumento temporario a la inmediatez de aquello que sabemos que nunca nadie va a tomarse la molestia de llevar a cabo en su momento, o que se va a tardar en hacer. Los “cinco minutos margariteños” se convierten en un concepto con una gran carga filosófica, a la altura de la teoría de la relatividad, pues además de que abusa genialmente de ella, también crea paradojas existenciales en la vida humana: aunque denota en su esencia un lapso que se va a cumplir tarde o temprano, ello no implica que necesariamente el hecho esperado se vaya a concretar. @ElMalMoncho  

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