Mi compañero de oficina

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Por: Jesús Millán

Una oficina es un microcosmos donde convergen diferentes personalidades, todas reunidas bajo un mismo techo. Si prestamos atención, encontraremos que cada quien, además de cumplir con sus consabidas funciones laborales, también representa un papel dentro de la dinámica de las relaciones interpersonales. Y se genera un singular caldo de cultivo de conductas, acciones y hasta intrigas que le dan sabor, por así decirlo, a la vida laboral en común.

De tal manera, la oficina, ese sitio al cual le dedicamos poco más que un tercio de nuestra vida diaria, se convierte paulatinamente en nuestro segundo hogar, y los compañeros de trabajo, en algo bastante cercano a nuestros familiares, con defectos y virtudes incluidas. Y así como pasa con las grandes familias, a todos sus integrantes los reconoceremos por sus cualidades principales y aquellos rasgos característicos que los hacen singulares a nuestros ojos.  

El Galán de Pasillo: no se le salva ninguna femenina de la oficina. Apenas al llegar, hace sentir su presencia por medio de sonoros besos repartidos a diestra y siniestra. Aunque la mayoría de las chicas lo tolera por educación, ni la secretaria de vicepresidencia ni la administradora lo pueden ver y se esconden en el baño mientras hace su entrada triunfal. En el trayecto desde la puerta principal hasta su escritorio, parece una reina de carnaval que va dejando tras de sí una estela de besitos, caramelos, chocolates y piropos a través de todas las oficinas. Es un artista para no pelarse un saludo con beso, un apretón de cintura, y si es por él, hasta a las mismas jefas les pone el cachete morado de tanto arrumaco.

El Aprovechado: siempre encontrará la forma de llevar la menor carga de trabajo y de hacer el mínimo esfuerzo en horario laboral. Tendrá a la mano un abanico de excusas para justificar sus faltas y ausencias, además de contar con un récord impresionante de víctimas en su historial, al haber matado limpiamente a casi todos sus familiares con la excusa del permiso de viaje para ir al funeral o a la misa del muerto. Jamás se le verá en la oficina después de la hora de salida, pues apenas al marcar el fin de la jornada de trabajo, desaparece como por encanto. No cuenten con él para hacer horas extras, trabajo en días feriados o en días libres, pues nunca aparecerá. Su peligrosidad aumenta cuando es jefe, pues siempre encontrará la manera de que sus subordinados hagan el trabajo por él, llevándose también todo el crédito.

El Cuadriculado: vive pendiente de los controles internos, del manual de procedimientos y de las normas ISO 9001. Aunque los procesos se idearon para facilitar la dinámica de trabajo, él logra como nadie entorpecer las labores y hacer tediosa cualquier gestión por sencilla que sea. Siempre llega puntual a la oficina, se viste impecablemente, su escritorio es un primor de orden y dedica parte de la mañana a pasar revista de la asistencia en la empresa, después de lo cual se dedica a redactar concienzudamente un informe muy completo sobre las fallas, reales o imaginarias, que ha percibido en las actividades empresariales. Todos los empleados huyen aterrorizados cuando hay inventario, porque el Cuadriculado no perdona las diferencias en las existencias y exige conteos reiterados y continuos hasta que se descubra por qué falta un tornillo, que él mismo sacó de su cajita en el inventario anterior.

El Guerrillero: siempre está en la oficina de recursos humanos reclamando una mejora salarial, que se cumplan las leyes laborales o que el filtro del comedor no está funcionando adecuadamente. Cada año es elegido unánimemente como presidente del sindicato y desde su honorable cargo, lucha con denuedo por mejorar las condiciones laborales en el trabajo. Se dedica a leer al derecho y al revés el contrato colectivo de la empresa, y de tanto protestarlo, ya se hizo compadre de los abogados de la compañía, quienes a su vez, de tanto ir a la empresa por sus contantes quejas, ya lo invitan a ir a echarse palos con ellos y hasta le bautizaron a los muchachos. Una de sus últimas batallas fue la de lograr la entrega de uniformes para sus compañeros de trabajo, que luego obligó a devolver, porque no se cumplieron las normas de preservación del medio ambiente durante su confección.

El Compañerito: logra impresionantes niveles de empatía con los jefes, quienes le informan completamente de las nuevas contrataciones, los ascensos, los próximos despidos y los aumentos de sueldo. Conoce todos los bochinchitos y arrejuntes de la oficina, en especial el que tiene el director ejecutivo con la pasante de finanzas, considerada por toda la población masculina como la bomba sexy de la corporación. Sobre él descansa la inmensa responsabilidad de organizar el susú de la oficina, y por supuesto, la primera mano siempre es suya. Rutinariamente los empleados le hacen la rueda, pues es el que se encarga de informar sobre las ofertas en supermercados, conoce a los mecánicos que le arreglan los carros a los jefes, sabe quién arregla barato cualquier tipo de electrodomésticos, y además siempre está al tanto de dónde se venden las cervezas más frías de la ciudad.

El Huelebonche: para él, cualquier excusa es buena para armar la fiesta. Es una fija para cantar un cumpleaños, montar un evento u organizar el amigo secreto de la compañía. Cada semana pasa por las oficinas pidiendo una colaboración para financiar la fiesta del día del empleado privado, la del empleado privado, la del maestro, la del estudiante, y cualquier otra que se le atraviese en el calendario. Es el que organiza las salidas al finalizar el horario de trabajo, cuadra con facilidad pasmosa una pareja para cada quien a la hora de la rumba y milagrosamente siempre puede beberse una botella sin poner ni medio. Vive sonsacando a los empleados de trabajo para echar carro o salir más temprano, y con toda su cara de tabla le inventa al jefe un feriado nacional al estilo “el día mundial del soldado desconocido”, a mitad de semana. @ElMalMoncho

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