Momentos funerarios

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Nada peor que asistir a un funeral. A pesar de lo luctuoso de la ceremonia y lo infausto de la ocasión, los funerales son un muestrario de la solidaridad humana y el momento en el cual la calidad humana aflora y se hace solidaria con el dolor ajeno. Pero no hay que negar el hecho de que se trata de una de las convenciones sociales más viejas de la historia de la humanidad, y por ser un acto humano, trae con este todas las singularidades de cualquier acto propio de la imperfección terrenal.

He considerado en muchos casos a los funerales como actos sociales, aunque fraternos eso sí, que se convierten involuntariamente en perfectos muestrarios de lo que se debe y lo que no se debe hacer, en un caso tan puntual y sentido como lo es la pérdida de un ser querido. Pero igual, saltándose etiquetas y principios, la debilidad humana hace presa de la ocasión y con el paso de las horas, lo que era en principio el muestrario de un dolor sincero y sentido, se va convirtiendo paulatinamente en una reunión cualquiera, donde se cuelan por igual los chismes de ocasión y los alegres chascarrillos que van amenizando la velada, a despecho del dolor de los deudos más cercanos y hasta de la presencia del involuntario y obligado homenajeado.

El obituario.

Aunque la muerte es lo único seguro que tenemos en esta vida, todavía nos sorprende en un día cualquiera, el ver en esa sección del periódico un anuncio discreto y muy formal donde se anuncia que ha muerto el doctor Fulánez, eminente personaje de la sociedad, quien ha fallecido en medio de tristes y penosas circunstancias (las cuales nunca se revelan, pero de las que ya nos enteraremos), la fecha y sitio del siniestro, y las señas del lugar del funeral. Reponerse de la sorpresa y gritar destempladamente: “mi amor, se murió Fulánez. Vístete que nos vamos”, son una sola acción.

Curiosamente, la foto que encabeza el obituario no es una de las más recientes del doctor Fulánez en vida. Es común que con el apresuramiento y atropellamiento propios de la ocasión, la funeraria solo haya podido agenciarse una foto de Fulánez de hace alrededor de 30 años, cuando todavía tenía pelo y pesaba 25 kilos menos. Pero bueno, esos son solo detalles propios de lo sombrío de las circunstancias, lo importante es que se trata de él.

Ya desde el periódico empiezan las lógicas y sentidas alabanzas a la reputación y honestidad de Fulánez, quien en vida se destacó por su labor a favor de los pobres y desposeídos de la comunidad. Y una tras otra, se suceden las publicaciones que dan fe de la calidad de persona que era Fulánez. De esta manera, páginas y páginas del periódico se llenan con todo tipo de esquelas que pugnan por destacar de entre el montón y dedicarle cualquier cantidad de homenajes por escrito al estilo “Fulánez: Fuiste Una Luz Alumbrando Nos En Zilencio”, a contravía de la existencia de sinónimos, la sintaxis y las normas de la Real Academia, pero homenaje al fin.

La funeraria.

Llegados al sitio de las pompas fúnebres, nos encontramos apenas poner pie, con una variopinta muestra de coronas y ramos que bloquean aparatosamente la entrada, los pasillos  y parte del estacionamiento, obstaculizando el paso y dificultando la localización del finado entre tanta frondosa espesura. Luego de infructuosos intentos por traspasar discretamente la barrera floral sin hacer mucho ruido, una mano compasiva empieza a retirar oportunamente cualquier cantidad de adornos florales y abre un estrechísimo callejón donde se confunden por igual deudos, curiosos y empleados del local.

Por fin, en una operación estilo comando, logramos llegar a la vera del ataúd donde yace Fulánez, custodiado por sus familiares y amigos más cercanos, quienes lloran desconsolados por la pérdida del ser querido. Es menester que presentemos nuestros respetos a sus deudos y expresemos nuestras más sinceras condolencias, acompañadas de los consabidos saludos, besos y abrazos efusivos, dirigidos especialmente a la viuda, o por lo menos a quien creemos que es tal.

Ya nos ocurrió una vez que estando en un velorio, llegaron a encontrarse a pocos pasos de distancia la viuda del finado y su por entonces querida, siendo esta última la que había tenido la (mala) suerte de ver fallecer en sus brazos al occiso, antes de que este le firmara los papeles traspasándole las propiedades acumuladas en sus últimos años de vida.

Como dos gatas en celo olisqueándose, empezaron a marcar territorio y a colocarse en extremos opuestos del ataúd, como amenazando cargar con la caja cada una por su lado. Gracias a Dios, y a la falta de fondos de la querida, salió ganando la viuda quien se fue triunfante, casi que sonriente, a poner a buen resguardo al entonces finado.

Los deudos.

Mediando el peso del dolor de la pérdida, los deudos muestran por lo general actitudes de resignación y paciencia dignas de encomio, y necesarias para soportar el aluvión de bienintencionadas muestras de aprecio y simpatía, algunas incluso excesivamente entusiastas para la ocasión. A ratos la cuestión puede resultar hasta asfixiante, viéndose el caso de viudas que ruedan estrepitosamente por el piso o que saltan histéricamente por entre la multitud y el ataúd, en medio del afán de la gente de acercarse y hacerse notar.

Los familiares de Fulánez no son la excepción a la regla y reciben con estoicismo las condolencias. De la familia destacan un grupo de chicas vestidas todas de negro y a la moda, sentadas en filas cercanas al ataúd y que lloran sentidamente la pérdida, pero eso sí, sin descomponerse demasiado, no vaya a ser que se les corra el maquillaje y no queden bien para la foto. A las muchachas las rondan a ratos unos chicos que no son precisamente de la familia, pero que a lo lejos intercambian con las muchachas saluditos discretos, sonrisas y picadas de ojo.

Los hombres de la familia, todos a una como llamados por una fuerza misteriosa, se van colocando estratégicamente a las afueras de la funeraria y allí pasan toda la velada. Mientras tanto, van recibiendo las condolencias reglamentarias, acompañas de las debidas fórmulas de cortesía, junto con largos abrazos y sonoros palmoteos en la espalda. De la seriedad propia de las horas iniciales, se pasa gradualmente a un estado de expansiva relajación, donde ya no cuentan las condolencias, sino por el contrario, abundan los comentarios mordaces y los chistes de ocasión, amenizados no solo por el café de la barra sino por un añejo escocés, que casualmente era el favorito de Fulánez y que uno de sus hijos quiso compartir generosamente para la ocasión.

Los asomados

Aún cuando no son parte del cortejo, los asomados decoran con su presencia el paisaje funerario. Desde el comienzo de la ceremonia, se han apostado en las inmediaciones de la cafetera eléctrica y la han hecho suya. Consecuentemente, se han dedicado durante todo el funeral a comentar la llegada de cada personaje al local, y han destapado un caudal de chismes y chistecitos subidos de tono, relacionados con la vida, obra y milagros del doctor Fulánez, especialmente con las circunstancias que rodearon su muerte, de la cual dicen las malas lenguas que ocurrió en una cama que no era precisamente la matrimonial.

Y así sucesivamente, se van hilvanando las historias sobre pequeños pecados de juventud, y algunos más recientes, que se acompañan de carcajadas restallantes que celebraban por igual vergonzantes huidas con los pantalones en la mano, borracheras impenitentes y algunos oscuros tratos financieros, que le reportaron a Fulánez suficientes ganancias como para mantener un tren de vida bastante ostentoso e irse de vacaciones para Europa todos los años.

Especial interés despertó en la concurrencia la llegada de una señora de edad madura y buenísima  presencia, quien fungió durante años como secretaria privada de Fulánez, del cual se rumoraba que no solo había echado alguna canita al aire con ella, sino también la peluca completa. Los rumores siguieron al punto en que se le adjudicaba una cercanísima afinidad, casi que paternidad, con los dos hijos de su otrora secretaria, quienes la acompañaban serios y circunspectos mientras le rendían el último tributo a su finado tío. ¿Tío? Bueno sí, así le decían ellos a su benefactor, quien los había apadrinado desde su más tierna infancia hasta culminar sus estudios universitarios, además de darles trabajo en su bufete. Curiosamente, se comentaba que compartían un cierto parecido con los hijos de Fulánez, pero solo eran eso, comentarios.

Es que de verdad, hay gente que solo habla por hablar. Que brille para él la luz perpetua, amén. @ElMalMoncho

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