Mujeres de película

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Por: Jesús Millán

Hay inmensa cantidad de relatos de mujeres en el cine y la televisión.

Pero hoy quiero dedicar unas líneas a las desazones y sinrazones vividas por las mujeres participantes de diversos seriados y películas, no necesariamente protagonistas en ellas, pero que muchas veces llevan sobre sus hombros el peso de toda la trama.

Y si bien el chico de la película o el superhéroe se lleva al final todos los laureles, no podemos soslayar el inmenso apoyo que los roles femeninos prestan a la hora de realzar los papeles protagónicos.

Ciertamente, hay relatos cuyos papeles principales los representan mujeres, y en verdad no los hemos dejado de lado en esta apretada relación, pero hay apariciones secundarias que no podemos obviar y que enriquecen en mucho el quehacer artístico y literario.

Luisa Lane.

Ejemplo de la mujer persistente y asertiva, aunque poco observadora. Si no, pregúntense el porqué nunca se dio cuenta de que tenía a Superman justo al lado y que el tímido reportero Clark Kent era el hombre volador de sus sueños, aunque se vistiera con los calzones sobre la ropa.

Insistimos: nunca nos explicamos cómo no hubo un alma caritativa alrededor que le recomendara hacerse un examen visual, o por lo menos ponerse lentes. Pero eso sí, para sospechar estaba mandada a hacer, pues cada vez que aparecía Superman, se le pegaba atrás para ver dónde iba, lo que hacía y hasta lo que pensaba, cuando el camino más corto hubiera sido consultar sin rodeos a su compañero del escritorio de al lado.

Uno de sus peores defectos, era una proverbial habilidad para meterse en problemas, que la hacía blanco fácil de todos los supervillanos que querían acabar con el hombre de acero. De paso, cuando la atrapaban, terminaban chantajeando a Superman para que la rescatara a ella, que en teoría no tenía ninguna filiación con el héroe, pero algo habría por allí, pues el hombre literalmente salía volando cada vez que ella pedía auxilio.

Vilma Picapiedra.

Aunque la intención del personaje era el de presentar a la perfecta ama de casa de clase media estadounidense de la década del 60, no por ello iba a dejar de distinguirse con ese cierto aire entre pragmático y sarcástico que desplegaba cada vez que hacía aparición en escena.

Como ya dijimos, se trata del típico modelo de la mujer hogareña: lo mismo se cuidaba de mantener una casa impecable (con las limitaciones de la época, claro está), que velaba por una niña de meses, mantenía a raya al perro y hasta le sobraba tiempo para cambiar impresiones de vez en cuando con su vecina Betty. Aunque su rasgo distintivo siempre fue su pericia como cocinera, que la hacía capaz de preparar gigantescos y humeantes bistecs de brontosaurio, además de servirlos sin derramar ni una gota del caldo.

Y aunque traten de decirnos lo contrario, en realidad quien llevaba los pantalones en la serie era Vilma, pues con lo atolondrado y disperso que era el marido, resultaba poco menos que imposible la vida en pareja si no existiera alguien que pusiera orden en el estropicio.

De tal manera, que detrás de la amantísima y dedicada esposa, se encontraba en realidad un general cuartelero que reprimía oportunamente y sin piedad las alocadas manifestaciones de entusiasmo y ego desaforado de Pedro Picapiedra, que hubieran dado al traste con el matrimonio.

Rose DeWitt (Titanic).

Se trata de de una de las pocas personas sobrevivientes del Titanic, gracias a que no le dio un ladito a Jack en la tabla donde flotaba. Existe todavía la gran polémica del porqué Rose nunca lo subió a la tabla durante el naufragio. Damos por hecho que menos mal que no se casaron, pues entonces Jack iba a dormir en el sofá durante el resto de sus días.

No es por hablar mal de la pobre chica, pero luego de que literalmente se gozó la película, bebió como un cosaco, se levantó a un millonario que le regaló un diamante, y luego le pegó cachos con el pobre Jack, también distrajo por completo a un equipo de rescatadores de tesoros, metiéndoles el cuento de que no tenía el diamante que ellos buscaban en el naufragio, para luego botarlo al final de la película, por una promesa que hizo 80 años atrás.

Conclusión: en el próximo naufragio, mujeres y niños primero.

Olivia.

Mujer persistente y tenaz, que a pesar de la indecisión de Popeye, siempre le fue fiel y lo esperó por siempre. Craso error.

Evidentemente, la influencia de Brutus en la serie es patente, tratando por todos los medios, incluso los violentos, de hacerse de los favores de la pobre Olivia, que a pesar de todo, siempre se mantuvo en sus trece de esperar por su marinero. Aunque a veces por las características de su personalidad, como que se hacía la desentendida, pues mientras Popeye y Brutus se caían a piñas, ella se dedicaba a recoger flores o pasear por la pradera.

Nuestra mente cochambrosa nos impulsa a sugerir que Pilón pudiera haberle soplado el bistec a Popeye, y conformar no ya un triángulo amoroso, sino un cuadrilátero pasional, pero al final podría concluirse que si hubiera existido alguna vez el deseo por parte de este de hacerlo, lo más probable es que sublimara las ganas a punta de hamburguesas. Tampoco creemos que Olivia hubiera llegado a tanto.

La Sra. Ingalls.

Ella es parte de los mensajes ocultos de muchas series y películas. Nunca entendimos realmente cuál era su papel en la serie, además de aparecer esporádicamente y de dar mensajes de tolerancia, respeto y templanza, mientras las tres chiquillas que tenía por hijas literalmente quemaban el mundo. Otro tanto hacía el Sr. Ingalls, que de lo bueno que era, las muchachas aprovechaban para montársele encima.

La Sra. Ingalls hacía todo bien, y eso es más que meritorio para una mujer que vive en una localidad del medio oeste estadounidense a finales del siglo XIX. Por igual alimentaba a las gallinas, ordeñaba, sembraba, cuidaba de las chicas y todavía se sentaba en las noches para tejer o coser, a la luz de la chimenea. No le conocimos amigas cercanas, aunque nunca faltaron las distracciones de las idas dominicales a la iglesia y la visita semanal a la tienda de abarrotes. En fin, el colmo de la diversión.

Sería por el tipo de personaje, pero la dinámica de la trama siempre era la misma: las chicas tenían un problema que se desarrollaba durante 45 minutos de trama, venía la Sra. Ingalls amorosa y dedicada, y en una sola peinada o con una enjabonada a la pila de ropa, daba consejos angelicales y llenaba de esperanza la vida de las personas. Eso sí, jamás prestó plata.

Otro tanto eran las escenas de cama con su señor esposo; ha de entenderse que las tales “escenas de cama” eran en realidad tomas cerradas de los personajes enfundados en una especie de sayos o mortajas, cuya función principal era matar la pasión, o por lo menos diferir las ganas, todo esto mientras hablaban de la cosecha o recitaban pasajes de la Biblia.

Ya sabemos por qué el Sr. Ingalls se la pasaba metido en el aserradero.

Candy Candy.

Siempre hemos creído que al autor de esta serie, la historia se le fue de las manos. No es para menos, pues aunque la trama pintaba bien al principio, paulatinamente se fue convirtiendo en un enredo que no tenía nada que envidiarle a cualquier culebrón latinoamericano.

Candy Candy tenía graves problemas psicológicos causados por un trauma infantil que se originó por su falta de referentes paternos. Es la única manera de explicar el cómo una chica criada por las monjas en un orfanato ubicado en la cima de una colina, haya tenido esa inmensa cantidad de novios y pretendientes a lo largo de la serie, sugiriendo un perfil de personalidad rayano en la ninfomanía. De paso, si mal no recuerdo, dos de ellos se murieron, uno fue a la guerra, y había uno que aparecía y desaparecía a conveniencia.

Con todo esto, la polémica estaba servida para discutir sobre la posible liviandad de cascos de la chica, o si era que la mala suerte era un signo recurrente en su vida, con lo cual hacía aparecer lo bueno como algo malo o pecaminoso, como le pasaba siempre que estaba cerca de ella una prima malvada y sin oficio, que era la única que la sorprendía en situaciones inoportunas.

Aunado a esto, tenemos que a pesar de su aparente pobreza, siempre había un caballero dispuesto a ofrecerle un boleto para un viaje en barco, o posada en algún viejo castillo con paseo a caballo incluido. Si a ver vamos, ¿a cuenta de qué? Aunque hay que reconocer que no está nada mal para una chica que habla con un mapache. Entre eso y la catajarria de novios, tiene.

Batichica.

Definitivamente, uno de los talentos más desperdiciados en toda la literatura referente al hombre murciélago. Mientras Batman se la pasaba con Robin para arriba y para abajo, creando sospechas sobre una posible relación más allá del mero trabajo de salvar a Ciudad Gótica, Batichica representaba a la parte seria de la película, pues era la que se encargaba del verdadero desarrollo de la trama.

En verdad, no tenemos nada en contra de Robin al cual consideramos más bien víctima de las circunstancias y de la maledicencia de los guionistas, pero mientras el chico maravilla se debatía entre malabares y villanos en persecución, Batichica daba muestras de su potencial para solventar las pequeñas cosas que a la larga, podían resolver la aventura: ¿No hay cuerda? Venga, que Batichica tiene una; un cuarto oscuro, y Batichica enciende la única linterna de la serie; ¿Villanos escapando? No hay problema, Batichica les cierra el paso.

Y como si el trabajo fuera poco, de vez en cuando se le cruzaba Gatúbela, que evidentemente le tenía ganas a Batman, y siempre presta a meterle la zancadilla en lo que respecta a las preferencias, porque si a ver vamos, la gata no se andaba con remilgos a la hora de echarle los perros al murciélago, cosa en la cual le llevaba una morena a la recatada Batichica, que por ser políticamente correcta, se las veía en aprietos para remontar la cuesta erótica que le llevaba Gatúbela, enfundada en un glorioso traje de cuero negro que la silueteaba magníficamente.

¿Y Batman? Ay sí, con Robin.

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