Pava familiar

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Venezuela no es la excepción en el mundo de las cosas pavosas. Constantemente vemos ejemplos de las peores pavoserías, algunas rayando en lo incomprensible, mientras que otras son simplemente grotescas. Por supuesto, para considerar a algo o a alguien como pavoso, pesan mucho las tradiciones y valores que inherentes al gentilicio, que a final de cuentas son los que cuentan a la hora de calificarlos como tal.

Todo empieza a costa de nuestros recuerdos más tempranos de la infancia, y aún peor, a costa de nuestros propios apéndices biológicos. Porque si no, ¿cuántas madres amorosas no guardan como un tesoro inapreciable el ombligo de sus retoños? Y la cuestión se vuelve un acontecimiento, sobre todo cuando contamos con 45 años y llegan las visitas a casa y mamá se apresura a mostrarle a los invitados ese pedazo de pellejo disecado digno de cualquier muestra de laboratorio anatomopatológico, guardado entre algodones y metido en un bolsito de tela rosada bordada primorosamente.

Pasada la primera pena, ya aprendidos en eso de caminar solos y valernos por nosotros mismos, todavía recordamos con algo de gracia y mucho de vergüenza el llamado alarmado de nuestra madre, quien desde el otro cuarto nos reprendía a gritos cuando por la flojera de quitarnos las medias o de ponernos los zapatos para no ensuciarlas, las usábamos con las sandalias; una de dos, la reconvención era siempre: “mira muchacho, ¿tú tienes diarrea?”; o si no: “mira mijo, quítate eso que te ves pavoso”.

Evidentemente, tampoco las celebraciones familiares escapan a los embates de esta tendencia, donde lo pavoso es rey. Si no, dígame de los matrimonios, donde sin ninguna consideración a las leyes ambientales, de protección a los animales, e inclusive al sentido común, algunos románticos en su afán de pintarse un cuento de hadas con castillos y todo, se toman la idea de soltar palomas vivas en plena iglesia cuando los novios se dan el “sí quiero”, muchas veces en evidente desincronía entre los deseos de los novios y las ansias del avecilla por escapar.

Ha pasado bastantes veces que los animalitos mueren sofocados por el tiempo que pasan encerrados, hacen sus gracias en medio de la ceremonia, o si no, en oscuro augurio de los votos matrimoniales, se estrellan estrepitosamente con los pilares y vitrales del templo, muertos del susto. Y apenas al salir de la iglesia, no faltan los pavosos que ya preguntan cuándo van a tener los muchachos, cuando ni siquiera la tinta del acta de matrimonio se ha secado.

Pero aún no canten victoria, que todavía no termina. Durante la recepción de la boda la tía Eufrosina, reconocida matrona de la familia, ha cumplido sin esfuerzo con todos los requisitos exigidos para ser considerada la pavosa de la noche. Ya para las 11 de la noche, ha abusado sistemáticamente de las provisiones de ponche crema disponibles en la barra, porque “ella de verdad no bebe y prefiere algo suavecito”, siendo que lo “suavecito” la ha puesto medio sarataca y tambaleante en esa línea sutil que divide entre lo que es estar alegre y relajado, y una pea en toda regla.

Y venga entonces que empieza a sonar un golpe de tambor del estilo “levanta nalga”, que hacen retintinear los oídos en la hora loca, y Eufrosina entusiasmada por el son, baila sola descalza y con los zapatos en la mano, mientras todos los demás le hacen rueda con el corito pavoso de “uaúah… uaúah…”, repetido hasta la exasperación. Por supuesto, Eufrosina no está sola, y junto con ella, abundan las señoras que también bailan en la pista, pavosas todas ellas también, acompañadas de sus carteras terciadas al hombro, y algunas llevando en sus manos el horrendo centro de mesa ofrecido en la fiesta, consistente en una ramita toda seca y retorcida en un pocillo de barro, que les costó un ojo de la cara a los novios porque “era el último grito de la moda en Nueva York”.

El lanzamiento del ramo de novia no escapa al embrujo de la pava. Vemos entonces que entre las chicas emocionadas que forman parte del cortejo, salta de nuevo Eufrosina que ni pintada en la ocasión, se coloca muy divina ella en primera fila. Al momento de ser cuestionada por las demás matronas de la familia, guardianas de los restos que aún quedan a esa hora de la vergüenza familiar, Eufrosina en medio de su gozoso deliriums tremens, argumenta para justificarse ante la concurrencia “que está soltera”, y que lo digan los tres manganzones de hijos que tiene y uno de sus ex que la acompañan en la rumbosa fiesta.

Más allá tenemos al tío Ruperto, que luego de una docena de coctelitos, ya ha abrazado y besuqueado a más de la mitad de la población femenina de la fiesta, todas de 30 años pa’bajo, incluida a su nueva y flamante sobrina política que le ha huido durante toda la noche a ese viejo baboso, y que recostado en una de las columnas del salón de fiestas llora desconsolado “porque él quiere mucho a su sobrino Alfredito, como si lo hubiera parido”.

Luego, en compañía de otros tíos en iguales condiciones etílicas, entre risotadas resuelven darle una sorpresa a los novios, y aprovechando que el estacionamiento está a oscuras, tío Ruperto lucha denodadamente con su inmensa humanidad ataviada con un flux de última moda en el año 1974, para meterse debajo de un Ford Fiesta y amarrarle en el parachoques un cordel con 25 latas vacías, que como dicta la tradición, deben servir de pavosa banda sonora a la ruidosa escapada de los novios.

Tampoco se escapan de esta situación las fiestas de quince años, un momento sublime en el que se conjugan por igual la inocencia juvenil y los albores de la madurez. Aquí si es verdad que la pava campea y hace las delicias de los convidados, quienes asisten fascinados a un espectáculo de tintes rosados y turquesas. Desde temprano el papá ha buscado, y conseguido, razones para pelear cumpliendo la primera regla de toda noche pavosa: llegar furioso a una fiesta. Una de las principales razones es por el hecho de que el costo de la fiesta ha rebasado holgadamente el presupuesto familiar y puesto a prueba el historial crediticio del cabeza de familia.

Por otro lado, ha descubierto que el inicial entusiasmo juvenil de su hija no era solo por la celebración de sus quince años, sino por el detallazo de que entre los invitados se encuentra un tal Yonaiker Jefferson, apodado en el barrio como “el rey del perreo” pero no precisamente por ser cantante, que según las malas lenguas se ha dedicado durante cierto tiempo a cortejar a su niña, ese ser inocente que es la luz de sus ojos. Y sus peores sospechas se confirman cuando llega “el rey…” a la fiesta entre el murmullo y la sorpresa general, especialmente de las señoras quienes al ver llegar tamaña estampa, empiezan a guardar apresuradamente sus carteras y todos sus objetos de valor. Y era que había que verlo, pues el tipo parecía haberse vestido en medio de una huída de un campamento de gitanos.

Al poco tiempo, hace su entrada triunfal la cumpleañera, una chiquilla chaparra, pasada de kilos y maquillada en exceso, quien va embutida en un traje de lentejuelas dos tallas menor y escotado hasta Dios salva sea la parte. Y así, con las costuras del traje chirriando como si fueran los frenos de una carreta en una película de vaqueros, la agasajada realiza un primer performance musical, en el que pone a sudar la gota gorda a sus bailarines de reparto, quienes descubrieron hace pocos días que además de dos pies izquierdos, los oídos de la pequeña tenían incrustadas dos muelas que le impedían cualquier apreciación de ritmo y sonido. Bueno, qué carrizo, por lo menos la paga era buena.

Llegado el momento, luego de los previos e introducciones al acto central, ya el señor padre ha calentado los motores gracias a los buenos oficios de los puntuales bartenders que lo han atendido a satisfacción, y se presenta risueño y con los cachetes colorados para ser protagonista del clímax de la celebración: el cambio de zapatillas de la quinceañera.  Y he aquí que luchando entre los efectos etílicos de la celebración y los certeros codazos que le propina la esposa con cada uno de sus desatinados intentos por ponerle las zapatillas a la hija, logra al final calzarla, y con ello garantizar la entrada simbólica a la madurez de la antes chiquilla. Y en verdad, en el caso que nos ocupa, de la forma más pavosa posible. @ElMalMoncho

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