Seis grados de separación (y hasta menos)

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Por: Anthony Frassino

Los llamados “seis grados de separación” son una curiosa teoría que sostiene —palabra más, palabra menos— que entre uno mismo y cualquier ser humano existe un máximo de seis personas (eslabones). No importa si es el presidente de Burkina Faso, Cristiano Ronaldo o un indígena australiano, todos estamos más conectados de lo que suponemos. Las grandes empresas internacionales de relaciones públicas o de lobby profesional aplican con mucha seriedad y eficiencia esta regla, y así ganan dinero, influencia y poder en todos los gobiernos del mundo.

Pero otro día hablaremos de esa tesis. La traigo hoy porque quiero plantearles una idea que está relacionada con un capítulo de mi libro “El Daerin”: Los inicios del BUL.  El Bloque Unido Latinoamericano, una suerte de organismo multilateral, es el escenario para que mi protagonista consiga el apoyo que necesita para echar adelante un importantísimo proyecto. Es ahí donde, no sin dificultad, intenta enamorar a los grandes líderes regionales para que compartan el sueño —y el objetivo— de ser los primeros en desarrollar una futurista tecnología.

Para definir al BUL, tomé como ejemplo la historia de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, el génesis de la Unión Europea que hoy conocemos. Sin ahondar en detalles históricos que podemos comentar después, quiero ilustrarles  que visualizo para Latinoamérica una organización similar. Pueden pensar que ya existe el Mercosur para eso, y es correcto, pero me atrevo a pensar que llegó el momento de expandir los límites a otras cotas: ampliar el Mercosur no solo al tráfico de mercancías, sino de conocimiento y de intercambio tecnológico.

Las diferencias entre Brasil, Bolivia y Chile —por ejemplo— son evidentes en el plano comercial, pero no así en la riqueza de recursos. Si una organización supranacional pudiera encarnar la responsabilidad de coordinar proyectos conjuntos, o de crear un instituto tecnológico de peso que compita en producción y desarrollo con las grandes empresas, la región estaría en capacidad de convertirse en un poderoso bloque económico de alcances sorprendentes.

Acá entran los dichosos “seis grados”…

¿Por dónde empezar? Sería una buena pregunta. Lógicamente, no hay que esperar más de medio siglo (como la CECA) para ver un resultado concreto.

El punto de partida es mucho más cercano, y más pequeño.

Las redes, amigos. Las tenemos ahí. ¿A quién conocemos en nuestro entorno que es realmente rompedor? ¿Quién es ese loc@ que siempre nos hace sonreír con sus inventos? Si por un momento tomáramos algunas de esas ideas en serio… ¿Cómo las construiríamos? ¿Qué herramientas se necesitan, dónde está la tecnología para ponerla a funcionar?

Un paso a la vez. Créanme: no es imposible. Identifiquemos al soñador, al loco, al inventor, luego ubiquemos al que conoce a alguien que estudia ingeniería. Seguramente sabe de alguien que estudia leyes, y él o ella quizás están en contacto con universitarios que quieren ser políticos. A ellos habrá que enamorarlos, convencerlos e impulsarlos. El desarrollo llega lento solo si nosotros así lo deseamos.

Yo mismo me pongo a disposición para iniciar esa red; inclúyanme si quieren. Quizás Hagamos una base de datos sin nombres, pero sí profesiones, donde empecemos a ponernos de acuerdo con qué soñamos y cómo construir esos sueños. LinkedIn ya existe, yo solo propongo mostrarles que los seis grados pueden ser muchos menos. Como siempre digo: el paso más difícil es el primero, pero una vez que se da, no hay nadie que detenga la marcha.

“La innovación no tiene nada que ver con cuánto inviertes en I+D. Cuando Apple apareció con la Mac, gastaba al menos 100 veces más en I+D. No es un tema de cantidad, sino de la gente que conoces, cómo les guías y cuánto obtienes”

Steve Jobs

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