¡Vamos a hacer hallacas!

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Desde temprano se había dispuesto todo el aparataje necesario para el gran día: se iban a hacer las hallacas para toda la familia. Nunca faltan los retardados, varios de los tíos, que llegaron mucho después, pues se habían ofrecido a traer la carne y el pollo de un sitio de donde decían que la vendían muy buena y barata, cosa apreciable en estos tiempos, pero curiosamente, esos sitios donde venden algo bueno y barato, siempre quedan lejos o al otro lado de la ciudad. En fin, la cosa es que llegaron y aunque apurados, se montó la olla para el guiso.

Como si de un obediente ejército se tratara, cada quien tomó su puesto en la línea de producción: la abuela como una generala supervisando la preparación; las tías y las nueras cortando, sazonando y probando ingredientes; los tíos y cuñados amasando, midiendo los pabilos y amarrando; y los más chamos, se encargaban de cortar las hojas, vigilados férreamente por la abuela, no vaya a ser que se formara el bochinche y se perdieran las hojas por estar mal cortadas.

Por supuesto, nunca faltaba el tío que se erigía en “maestro pabilero”, y demostraba sus destrezas midiendo, cortando y amarrando cada pieza. Elemento imprescindible en el condumio familiar, el maestro pabilero sabía exactamente de qué tamaño debía ser cada hallaca, la cantidad de aceitunas, la colocación de la hojas, y el momento exacto en que debían ser sacadas de la olla hirviente. Todos los chicos de la familia desde hacía generaciones, habían trabajado bajo su supervisión y posteriormente tomado otras posiciones en la línea de producción decembrina.

Bueno, en realidad no todos habían corrido con esa suerte. Tenemos a Raulito, el hijo de Paulita, que cada año era condenado al ostracismo de lavar, cortar y preparar las hojas, en razón de sus pocas habilidades geométricas a la hora del amarrado, a su falta de empeño en el amasado, y por su escasísima atención al momento de abastecer la mesa con los ingredientes durante la elaboración. En mala hora al maestro pabilero se le ocurrió una vez encargarlo de vigilar la olla, reloj en mano, para que avisara del término del tiempo de sacar las hallacas. Aún comentan en la familia ese año en que se comieron esas hallacas tan raras estilo polenta napolitana.

El espíritu navideño de vez en cuando animaba a algún desavisado, quien totalmente ajeno a la tradición familiar, osaba sugerir algún cambio en la antiquísima receta transmitida de generación en generación, dizque llegada a estas tierras prácticamente desde la Conquista. Todos los años era lo mismo: alguna de las primas llegaba con su más reciente empate, quien todo sobrado, empezaba a evaluar con aires de sabelotodo la medida de los ingredientes, la forma de preparación del guiso, el ángulo de incidencia de la radiación solar, la humedad ambiental, la flora bacteriana presente en la proteína animal y hasta la temperatura del recinto.

Por lo general se trataba de sugerencias que querían hacerse pasar por “nouvelle cuisine”, al estilo: “pero señora, la crema de avellanas le da consistencia y firmeza”; o esta otra: “los retoños de piña tailandesa acentúan el toque agridulce del guiso”.

Pero los intentos no duraban mucho, pues a la segunda vuelta de sugerencias el pichón de chef era sacado sin contemplaciones de la cocina por parte de la abuela, quien con su mirada activada en modo “muerte y destrucción, no se toman prisioneros”, espantaba al entrometido. “Carajo… ¡ni que fueras Scanonne!”, se oía el grito estentóreo que retumbaba en la cocina y con eso bastaba para que el inoportuno fuera remitido directamente al “departamento de higiene, conservación y desinfección de utensilios”, léase fregadero, donde entre cacharros, espuma de lavaplatos, grasa pegada y esponjas húmedas, era condenado a expurgar sus pecados de autoestima culinaria.

La otra pelea se sucedía ya en las horas cercanas al mediodía cuando el hambre aprieta y las hallacas ni cerca de estar terminadas. Los más previsivos habían tomado sus precauciones para enfrentar, ironías de la vida, una dura jornada de ayuno hasta que no saliera la primera hallaca, cosa que ocurría ya bien entrada la tarde. Los que no, tornaban camino a la cocina y trataban de marear a la abuela, para aprovechar “y dar una probadita al guiso, a ver cómo está quedando”, todos en fila y armados con el respectivo plato, cuchillo y tenedor para tomar su parte del botín. Los más descarados iban raudos y veloces a meter un pedazo de pan o casabe directamente en la olla, con la intención de cometer una de las más execrables acciones que pudiera comprometer la integridad del guiso.

Y así, como en las películas de mosqueteros, veíamos a la abuela batiéndose valientemente, cucharón de palo en mano, como que si con ello evitara la toma de La Bastilla. Luchando hasta la muerte entre abrazos de dobles intenciones, besos hipócritas y adulancias vacías, la vieja reparte cucharonazos por todos lados, entre una explosión de migas, marañas de dedos tullidos, lluvias de esquirlas de madera… y varios “ay abuela no” al ser golpeados inmisericordemente los invasores.

No faltaban otras escaramuzas durante la jornada. En un extremo de la mesa empezaban las quejas porque el vino de cocinar se acababa muy rápidamente, hasta que descubrían que en el otro extremo lo usaban para amenizar la ocasión, que no para cocinar, formándose una fiesta paralela que no estaba pautada en el programa. También cunde la alarma cuando las provisiones de aceitunas, encurtidos, pasas y huevos duros empiezan a mermar de manera misteriosa y sin ninguna razón.

Llevando las cuentas, ya resultaba notorio el hecho de que diez botellas y media de vino, seis frascos de aceituna y cuatro docenas de huevos,  eran como muchos para usarlos en un solo guiso. En consecuencia, ya a golpe de 4 o 5 de la tarde, empiezan a aparecer los primeros entonados, que entre retazos de hojas, hilachas de pabilo, y platos brillantes de grasa, redescubren una segunda infancia y empiezan a brindar espontáneos shows de talento, intentando seguir el hilo de la música puesta para la ocasión.

Y sin que nadie sepa en qué momento, salen de algún sitio un tobo, un rallador, un tenedor y dos pedazos de palo de escoba, para formar una improvisada banda, apoyada por el entusiasmo de un vecino quien presta un cuatro a tono… o mejor dicho átono, para deleitar con su música al muro trasero de la casa, hacia donde fueron desalojados a la fuerza por la abuela. Claro, la cosa no fue tan fácil, pues junto con lo de la segunda infancia, los espontáneos sintieron renacer en su corazón el amor por la vieja, y la persiguieron por toda la casa brindándole una serenata desafinada en medio de abrazos pegostosos con aliento etílico, todo ello agradecido sinceramente de todo corazón por la doña, con varios paletazos de madera que repartía a diestra y siniestra, furiosa por el desastre en que le estaban convirtiendo la casa.

Tampoco faltaban los asomados. Apenas al escuchar la música o sentir el olor de la  comida, empezaban a llegar a la casa el vecino, el primito o el noviecito que se autoinvitaba cordialmente a la reunión. Pero no pasaban de allí, pues automáticamente, no faltaba más, eran asignados en comisión de servicio para que lavaran los platos, trastos y envases sucios que iban dejando a su paso los colaboradores que sí habían dejado el lomo en la cocina durante todo el día. Una vez hubo el caso de uno de esos lavaplatos que resultó desconocido para la familia y al ser interpelado sobre su identidad, reveló que él simplemente iba pasando por el frente de la casa y una vieja con un cucharón en la mano había salido, lo amenazó y lo puso a fregar ollas.

Como ya dijimos, no faltaban en la reunión familiar las consabidas parejitas, que no desaprovechaban ocasión para hacerse discretas manifestaciones de afecto y cariño, aunque algunas no tanto en realidad, que eran atajadas en el aire por parte de una muralla de tías que no despegaban los ojos de las “zonas calientes” de la casa donde los noviecitos podían hacer de las suyas. Aunque en honor a la verdad, esta vigilancia no siempre resultó muy efectiva, pues a cualquiera se le puede escapar la liebre.

Fue memorable la ocasión en que una de las primas se llevó al noviecito de turno, y a pesar de lo ingrato de la tarea, lo acompañó a cortar y limpiar las hojas de las hallacas. Y así pasaron horas y horas cortando, aderezado todo esto con los susurrantes y enternecedores “papi, ¿tú me quieres?”, “mami, yo te quiero”… besito pa`ti y besito pa`mí… “papi, ¿yo soy bonita?”, “mami, tú eres bonita”… besito pa’mí y besito pa’ti… y así sucesivamente hasta que cuando fueron a ver, habían dejado hecho retazos alrededor de 10 kilos de hojas. Y allí si voló el cucharón de madera como nunca. @ElMalMoncho

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