Virus y fetiche: El Estado de Bienestar

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Por Jonhder Vargas-César

La pandemia que vertiginosamente sumió al mundo en muerte e incertidumbre, ha despertado la satisfacción morbosa de los defensores del Estado como deidad en la Tierra. ¿La razón? Pues que la emergencia sanitaria ha demostrado-según ellos-el imprescindible rol del Estado en la conducción y gestión global de la Economía, así como en la gerencia de áreas clave como la sanidad o la educación. Citan, casi con orgullo, el plan de rescate aprobado por el Congreso de los Estado Unidos a instancias de Donald Trump o la intervención de Macron en Francia.

Demuestran una satisfacción casi morbosa por los apuros del sector privado, que les permite cargar contra el “criminal capitalismo” y asumir el rol de profetas del desastre. El liberalismo político-afirman-está desprestigiado y ya no se recuperará de esta demostración de la incapacidad del mercado para proveer a las “demandas sociales”.

La figura del Estado es central en todas las tesis tributarias del socialismo, en las que tiene distintas formas y pesos dependiendo de que tan a la izquierda se mueva el proponente, pero, en general, adopta unos roles “salvíficos” que pueden resumirse en subsidiariedad, solidaridad, regulación, vigilancia y garantía de la “igualdad de oportunidades”.

La socialdemocracia ha sido la campeona a la hora de vender este esquema con un tinte democrático y le ha dado nombres de lo más atractivos como el del Estado del Bienestar, en cuya utópica instauración quedarían resuelto y conjurados los males causados por el egoísmo capitalista: El Estado vigilaría la dinámica social, brindaría amparo a los más desvalidos y se encargaría de disminuir las brechas sociales.

Impresionante en el papel, las alambicadas teorías y planes en los que se sostiene hacen del Estado de Bienestar el paraíso soñado y hoy más que nunca necesario ante coyunturas como la que ha generado la pandemia.

No obstante, la realidad, que siempre desmiente lo que la arrogancia intelectual de la izquierda da por cierto, lo único que ha puesto en evidencia es que la maquinaria del mercado es la que sostiene a la civilización humana en todas sus manifestaciones.

Bastó la parálisis de los mercados y la depresión de la dinámica de libre intercambio para que la sociedad humana entrara en un marasmo que si se extiende de forma indefinida, le sería al Estado imposible de contener.

Lo que hace el Estado es afrontar de forma extraordinaria una situación extraordinaria en el marco de sus funciones propias de garante del orden púbico, pero claramente es incapaz de sustituir el conjunto de vínculos y de procesos humanos complejos propios de las sociedades libres y de las economías abiertas, quedando claro que al asumir el Estado roles protagónicos, inexorablemente las limitaciones a la libertad y la precariedad emergen como consecuencia necesaria.

El Estado ni es buen gerente ni es un agente económico positivo, lo cual no es una ocurrencia ni la conclusión de una tesis universitaria, sino la mera constatación de la evidencia histórica que contundentemente nos enfrenta a la miseria, la corrupción y el retraso que sufren y han sufrido todas las naciones que en mala hora sucumbieron a la seducción del socialismo o de sus afines ideológicos.

Latinoamérica, que ha sido fanática del estatismo, muestra sus heridas: es una de las regiones del planeta con mayores desigualdades, con los más altos índices de corrupción, con niveles de desarrollo humano preocupantes y una infraestructura deficiente. Allí donde abunda el Estado disminuyen las oportunidades y la noción de Democracia se deteriora para dar paso a los autoritarismos y tiranías que cada tanto martirizan a millones de personas.

A pesar de todo esto, la izquierda aprovecha la pandemia para justificar la idea rancia del Estado de Bienestar, haciéndolo pasar por una solución innovadora, cuando que ha sido precisamente su vigencia en las políticas públicas la responsable de las carencias estructurales de todo tipo, que han restado eficacia a la lucha contra la emergencia sanitaria.

El fetichismo socialista por el Estado es el más claro exponente de inmadurez política y un riesgo para la sociedad entera, porque implica la anulación progresiva del individuo, de su libertad y de su responsabilidad personal. No olvidemos nunca el auténtico propósito de esta doctrina que ha quedado retratada en los hechos: quitar a los que tienen, para dar a los que no tienen, para que todos sean pobres excepto los que los dirigen.

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